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jueves, octubre 07, 2010

Yo sé que quieren que nos alegremos...

Dificilmente -y más después de tanto tiempo sin dejar un grano de arena por este espacio- podría un artículo resumir la complejidad de la situación de Colombia y la complejidad de los sentimientos que despierta la muerte de delincuentes. Hace algunas (muchas!) entradas escribí algo que pretendía hablar de lo mismo y plantear el mismo sentimiento que se describe en el siguiente artículo, sin embargo, como buen simple aficionado, no logré siquiera acercarme al fondo del sentimiento. Así que sin más... el artículo de William Ospina(*)

omchamat


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El viejo remedio
Por: William Ospina

Yo sé que quieren que nos alegremos con la muerte de Pablo Escobar. Yo sé que quieren que nos alegremos con la muerte del Mono Jojoy. Yo sé que quieren que nos alegremos con la muerte de Marulanda. Y que nos alegremos con la muerte de Desquite, de Sangrenegra, de Efraín González.
Yo no me alegro. No me alegra la muerte de nadie. Pienso que todos esos monstruos no fueron más que víctimas de una sociedad injusta hasta los tuétanos, una sociedad que fabrica monstruos a ritmo industrial, y lo digo públicamente, que la verdadera causante de todos estos monstruos es la vieja dirigencia colombiana, que ha sostenido por siglos un modelo de sociedad clasista, racista, excluyente, donde la ley “es para los de ruana”, y donde todavía hoy la cuna sigue decidiendo si alguien será sicario o presidente.

Tanto talento empresarial de ese señor Escobar, convertido en uno de los hombres más ricos del mundo, y dedicado a gastar su fortuna en vengarse de todos, en hacerles imposible la vida a los demás, en desafiar al Estado, en matar policías como en cualquier película norteamericana, en hacer volar aviones en el aire: tanta abyección no se puede explicar con una mera teoría del mal: no en cualquier parte un malvado se convierte en semejante monstruo.

Y tanto talento militar como el de ese señor Marulanda, que le dio guerra a este país durante décadas y se murió en su cama de muerte natural, o a lo sumo de desengaño, ante la imposibilidad de lograr algo con su inútil violencia, pero que se dio el lujo triste de mantener a un país en jaque medio siglo, y de obligar al Estado a gastarse en bombas y en esfuerzos lo que no se quiso gastar en darles a unos campesinos unos puentes que pedían y unas carreteras.

Yo sé que quieren hacernos creer que esos monstruos son los únicos causantes del sufrimiento de esta nación durante medio siglo, pero yo me atrevo a decir que no es así. Esos monstruos son hijos de una manera de entender a Colombia, de una manera de administrarla, de una manera de gobernarla, y millones de colombianos lo saben.

Por eso Colombia no encontró la paz con el exterminio de los bandoleros de los años cincuenta. Por eso no encontró la paz con la guerra incesante contra los guerrilleros de los años sesenta. Por eso no encontró la paz tras la desmovilización del M-19. Por eso no conseguimos la paz, como nos prometían, cuando Ledher fue capturado y extraditado, y cuando Rodríguez Gacha fue abatido en los platanales del Caribe y Pablo Escobar tiroteado en los tejados de Medellín, ni cuando murieron Santacruz y Urdinola y Fulano y Zutano y todo el cartel X y todo el cartel Y, y tampoco se hizo la paz cuando murió Carlos Castaño sobre los miles de huesos de sus víctimas, ni cuando extraditaron a Mancuso y a Don Berna y a Jorge 40, y a todos los otros.

Porque esos monstruos son como frutos que brotan y caen del árbol muy bien abonado de la injusticia colombiana. Y por eso, aunque quieren hacernos creer que serán estas y otras mil muertes las que le traerán la felicidad a Colombia, los desórdenes nacidos de una dirigencia irresponsable y apátrida, yo me atrevo a pensar que no será una eterna lluvia de las balas matando colombianos degradados, sino un poco de justicia y un poco de generosidad , lo que podrá por fin traerle paz y esperanza a esa mitad de la población hundida en la pobreza, que es el surco de donde brotan todos los guerrilleros y todos los paramilitares y todos los delincuentes que en Colombia han sido, y todos los niños sicarios que se enfrentan con otros niños en los azarosos laberintos de las lomas de Medellín, y que vagan al acecho en los arrabales de Cali y de Pereira y de Bogotá.

Claro que las Farc matan y secuestran, trafican y extorsionan, profanan y masacran día a día, y claro que el Estado tiene que combatirlas, y es normal que se den de baja a los asesinos y a los monstruos. Pero que no nos llamen al júbilo, que no nos pidan que nos alegremos sin fin por cada colombiano extraviado y pervertido que cae día tras día en la eterna cacería de los monstruos, ni que creamos que esa vieja y reiterada solución es para Colombia la solución verdadera. Porque si seguimos bajo este modelo mental, no alcanzarán los árboles que quedan para hacer los ataúdes de todos los delincuentes que todavía faltan por nacer.

Más bien, qué dolor que esta dirigencia no haya creado las condiciones para que los colombianos no tengan que despeñarse en el delito y en el crimen para sobrevivir. Qué dolor que Colombia no sea capaz de asegurarle a cada colombiano un lugar en el orden de la civilización, en la escuela, en el trabajo, en la seguridad social, en la cultura, en la sana emulación de las ceremonias sociales, en el orgullo de una tradición y de una memoria. Yo, personalmente, estoy cansado de sentir que nuestro deber principal es el odio y nuestra fiesta el exterminio.

Construyan una civilización. Denle a cada quien un mínimo de dignidad y de respeto. Hagan que cada colombiano se sienta orgulloso de ser quien es, y no esté cargado de frustración y de resentimiento. Y ya verán si Colombia es tan mala como quieren hacernos creer los que no ven en la violencia del Estado un recurso extremo y doloroso para salvar el orden social, sino el único instrumento, década tras década, y el único remedio posible para los viejos males de la nación.
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(*)Este autor tiene otro artículo que describe la realidad colombiana de forma muy interesante: ¿Donde esta la franja amarilla?

miércoles, mayo 07, 2008

Me gustaría...

No sé cuantas veces he intentado escribir sobre lo que ocurre en Colombia. Una entrada donde cuente alguna de las cosas que pasan allí -para mí, intentar, tan solo intentar explicar lo que ocurre, es sencillamente imposible. Cuando intento escribir sobre Colombia, llego al mismo lugar común tantas veces dicho: en Colombia, la realidad es muy superior a cualquier fantasía.

Me gustaría hablar sobre lo peligroso que me parece tener un presidente como Uribe pero que al mismo tiempo ha logrado cosas muy necesarias: recuperar el sentido de pertenencia con aquello que llamamos Patria o mejorar la seguridad en ciertas zonas y en determinados corredores. Son cosas que no solo eran importantes, sino indispensables para salir de ese charco de miserias que siento en que se ha convertido ese trozo de verde montañoso que extraño. También me gustaría hablar sobre la locura de los paramilitares y la irresponsabilidad de los políticos que se "ajuntaron" con ellos. Me gustaría hablar de la débil e incipiente oposición política que históricamente ha hecho tanta falta en la construcción de eso que se llama "país". Me gustaría hablar del silencio abrumador y descarado del único medio de comunicación de alcance nacional en relación a los supuestos vínculos del presidente con prácticas corruptas para aprobar leyes. Me gustaría hablar sobre los vínculos de muchos de los miembros del gabinete de ministros con la guerra, pero no como aliados, sino como víctimas. Me gustaría hablar de todo eso. Me gustaría gritar en contra de esa sociedad hipócrita y de la cual, paradójicamente, me siento tan orgulloso de pertenecer (es contradictorio, lo sé, pero creo que en eso consiste parte de la colombianidad). También me gustaría hablar sobre la maravillosa constitución con que contamos, lo avanzado -teniendo en cuenta nuestro retraso- de ciertas leyes (aborto, derechos para parejas homosexuales...). Me gustaría hablar sobre la capacidad de cicatrización que tienen ciertas personas y comunidades para curarse de las heridas que les ha dejado la guerra. Me gustaría hablar sobre la sonrisa fácil y sincera de mis compatriotas. Me gustaría hablar de mi admiración por los militares que son capaces de arriesgar su vida por defendernos, ellos me merecen todo mi respeto -claro, no podré estar de acuerdo con los que se "ajuntan" con los paramilitares, así sea, supuestamente, para defendernos-.

Me gustaría hablar de todo lo anterior. Pero no puedo. Cuando comienzo una entrada en esta linea, siento que la tormenta constante de noticias que es Colombia me ahoga y no me deja ir más allá de la simple intención. Tal vez esa sea la razón por la que recurro a transcribir fragmentos de libros que cuentan cosas que pasaron hace años y que nunca han dejado de pasar. Ese bloqueo mental me impide escribir algo que vaya más allá de enumerar algunos de los temas que más que dolor, me asombran y no puedo entender. Tal vez esa sensación de ahogo es lo que impide que todos tiremos para el mismo lado, y nos dediquemos a tirar a los que están del otro lado.

domingo, marzo 02, 2008

La Violencia en Colombia (III)

Ayer tarde en la noche cumpliendo con mi ritual de revisar las noticias (por la mañana lo había hecho y vi la noticia de un municipio que esta a punto de desaparecer por un deslizamiento, las fotos de los liberados por las FARC y el comentario sobre la aventura militar en Afganistán de uno de los herederos de la corona británica), vi la noticia de la muerte en combate de alias Raúl Reyes, el segundo en mando y vocero internacional de ese grupo guerrillero. La verdad que la sensación que tuve fue totalmente desconocida para mi, puesto que en mi mala memoria no pude encontrar algún momento me hubiera alegrado la muerte de alguien. Por supuesto que cuando fueron dados de baja, por ejemplo, Pablo Escobar o Gonzalo Rodríguez Gacha, me sentí aliviado y satisfecho del trabajo de los cuerpos de seguridad del país, pero no sentí alegría por la muerte de esos delincuentes, pensaba que tuvieron su merecido y que a partir de ese momento viviríamos con un poco más de paz. Sin embargo, con la muerte de Raúl Reyes, tengo que reconocer que sentí una especial satisfacción, cercana a la alegría, de saber que un delincuente de este calibre y peligrosidad ya no compartiera este planeta conmigo. No sé si ese es un sentimiento positivo o negativo, pero lo sentí, y estoy casi seguro que es un sentimiento compartido con muchos colombianos que también consideran que la única solución a esta puta guerra en que vivimos es una solución negociada. La guerra no se acaba desapareciendo al enemigo. Se acaba eliminando la fuente de la cual se alimenta. Ejemplos sobre esta equivocación creo que nos sobran en nuestra historia reciente: cuando se desarticularon los carteles de la droga se pensó que el fin del narcotráfico, pero no, ahora lo que se vive es una atomización de los carteles. Ahora en lugar de dos estructuras poderosas, se tiene una infinidad de "cartelitos" con la suficiente capacidad para mantener a Colombia como uno de los principales productores y exportadores de cocaína. Con la supuesta desmovilización de los paramilitares, lo que se vive es algo parecido pero con consecuencias mucho más macabras. De una única estructura paramilitar, ahora lo que hay es un grupo de pequeñas bandas de delincuentes, llamadas "Aguilas Negras", producto, entre muchas razones, de un proceso de desmovilización plagado de errores en su concepción y de una estructura social, económica y sobretodo política que no puede, ni quiere, afrontar los sacrificios que se necesitan para alcanzar la paz.

En este último sentido, y siguiendo con la serie de La Violencia en Colombia quiero compartir las peticiones que hicieron los habitantes de Arimena, en los Llanos Orientales, al gobierno central hacia finales de la década de 1950, para seguir con el proceso de paz en que estaban inmersos. La pregunta que queda en el aire, es, por un lado, saber si alguna de estas reivindicaciones han sido resueltas en el transcurso de estos cincuenta años y por otro, identificar si hay alguna diferencia entre las razones que alegan muchos de los guerrilleros o paramilitares desmovilizados para vincularse a estos grupos. Soy un convencido que al igual que la pobreza no desaparece eliminando a los pobres, sino solucionando sus causas, la violencia no se soluciona eliminando a los violentos, sino evitando que aparezca.

Hasta una próxima.

omchamat

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"Acto seguido fue considerado el pliego de peticiones presentado por los habitantes de Arimena, que dice: "Señores representantes del Gobierno presente: En vista que el gobierno está interesado que el Llano continúe en paz, y que su progreso sea efectivo, el pueblo en general hace las siguientes peticiones, que creemos de vital importancia:

"a) 1.Que se establezcan en todo el llano puestos de salud, entidades bancarias o de crédito agrario. 2. Que presten al proletariado los dineros sin tanta dificultad, para evitar con esto los casos de hurto.

"b) Que se facilite con la mayor brevedad maquinarias agrícolas, semillas, alambres, herramientas y todo lo indispensable para emprender labores, claro está con facilidades de pago. Y teniendo en cuenta que los Llanos Orientales, son una reserva económica de la nación.

"c) Que se intensifique el plan de construcción y buen mantenimiento de las carreteras.

"d) 1. Que se establezcan en todos los caseríos, planteles de educación, dotados de restaurantes escolares. 2. Que se estudie la forma de instalar un plantel de enseñanza secundaria en un punto céntrico del Llano, como Orocué.

"e) Que se intensifique el plan de electrificación de todos los pueblos del llano.

"f) 1. Que las autoridades sean elementos responsables y competentes para el desempeño de sus funciones, ejerciéndolas con entera imparcialidad. 2. Que se construyan en todas las poblaciones casas de para las respectivas oficinas públicas.

"g) 1. Que se tenga en cuenta la cantidad de habitantes evacuados de distintas regiones del país y llegados al Llano que necesitan la suficiente ayuda para instalarse. 2. Que se estudie la forma para que cese la persecución al liberalismo en las regiones afectadas por la violencia. 3. Que se controle por medio de las autoridades competentes la entrada al Llano de tantos elementos denominados "pájaros" quienes siembran el estado de zozobra con sus poderes violentos.

"h) Que el Gobierno insista en la continuación del Fondo Ganadero y obligue a los capitalistas a dar mejor ayuda a los pobres para que puedan trabajar con más interés y facilidad.

"i) Que se vean con agrado el estudio de estas peticiones hechas por el pueblo y que sean llevadas a cabo y a la realidad

domingo, febrero 17, 2008

La violencia en Colombia (II)

Como no he tenido tiempo para actualizar este espacio como me gustaría -la pregunta que plantee aquí hace un par de semanas sobre a quién le pertenece mi tiempo, sigue estando en el aire- aprovecho para seguir con la serie de entradas sobre la violencia en Colombia.

Cuando leo los debates sobre las causas o los responsables de la violencia en Colombia no puedo evitar sentir vergüenza de ver que la discusión no es sobre si es verdad lo que dice el otro, sino que toda argumentación se centra en descalificar, menospreciar o desacreditar a la persona. El debate sobre los argumentos es cada vez más escaso y si seguimos por ese camino, volveremos al mismo punto de partida del que parece nos encontramos hace 60 años a pesar de todos los muertos que hemos visto, pero sobretodo a pesar de todos los muertos que no hemos querido ver.

Sin más preámbulos, el texto.

omchamat

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"¿Por ventura se registran estos hechos entre los salvajes? ¿O siquiera entre caníbales? ¿Qué deidad diabólica cierne sus negras alas sobre Colombia? ¿En qué país del hemisferio occidental o en el mundo entero se registran semejantes crueldades obedeciendo a una consigna infernal? En ninguna parte. Solo en Colombia están ocurriendo tan abominables hechos. Violaciones de mujeres que caen en las garras de estos vampiros de la virtud: profanación y muerte de los sacerdotes; miembros mutilados, lenguas y ojos arrancados, extremidades cortadas por partículas, entrañas abiertas a barbera y machete, cabezas cortadas, pies y rostros desollados; hombres, mujeres y niños crucificados, bienes materiales robados y reducidos a pavesas; templos, imágenes, objetos sagrados sacrílegamente profanados. El infierno en tierra, sin mano fuerte que contenga eficazmente la avalancha y vengue la justicia de tan horrenda manera violada"
Excelentísimo señor Miguel Angel Builes "Pastoral para la Cuaresma de 1951" transcrito por Testis Fidelis. El basilisco en acción o los crímenes del bandolerismo (Medellíin, 1953), p. 109.

"La guerra de hoy es una guerra fría y no se realiza entre dos bandos armados. De una parte opera una fuerza pública que hace la "pacificación" a la manera del general Pablo Morillo en la época de la Reconquista; de otra, actúa una rebelión primaria, elemental, caótica, que devuelve golpes a ciegas y que no aspira a decidir políticamente nada. Todas las clases altas han desaparecido de este escenario, de esta lucha cruenta, de este drama que no da cuartel y que rebasa todas las fronteras de la resistencia humana.
"Hay quien pregunta, ¿por qué se ha perdido el valor de la vida humana?"
"Estamos cosechando la única siembra que han hecho nuestros partidos históricos: en esta sangre derramada, en estos delitos infamantes, en esta crueldad sin castigo, se resume el sentido de nuestra historia partidista. Los verdaderos responsables de este derrumbamiento no son los delincuentes vulgares: es el sistema político que los toma como sus instrumentos, como sus órganos de dominio, que los alienta, que los estimula, que los remunera, que los premia. "Ahí está el pueblo, en ese subsuelo anónimo, invisible a los ojos, fuera de todo horizonte político. Nadie ha querido verlo: los republicanos de todos los partidos han hablado de su soberanía y han escarnecido su incapacidad de moldear y conducir su propia suerte. Le han movilizado para las guerras electorales o para las guerras civiles y le han dejado ahí, al margen de la historia, aislado de una patria que no está presente en sus necesidades, en sus problema, ni en su drama biológico y espiritual.
"Los intelectuales, las élites, los grupos dirigentes, son responsables de esta degradación multitudinaria, de esta renovada mutilación de todos los hombres humildades... Son responsables por su cobardía, por su egoísmo, por su estrechez moral, por su noción deforme de la patria.
"Todos somos responsables. Todos estamos viviendo -conformes, cristianos, fríos, monstruosamente tranquilos- sobre esta herencia de sangre. Lloramos leyendo la María [¿Cuantas lagrimas no se derramaron el día en que gracias al facebook se movilizaron millones de personas en todo el mundo?], pero nos negamos a conmovernos y a detener las aguas negras que corren por debajo de nuestros pies y por encima de nuestro espíritu."

Antonio García, "Prológo" a la novela Viento seco, por Daniel Caicedo (Buenos Aires, 1954; 3ª ed.), pp. 15-43 passim.

"Como epílogo lancinante de todo este tremendo proceso conflictivo que padeciera el país, queda el grito de campesinos antioqueños que así lo estampan en su carta memorable:

"Hijos y padres de familia caen asesinados en la oscuridad de la noche o a la clairdad del día. Unas veces dormidos; ya limpiando sus sembrados o bien transportando sus frutos hacia el pueblo... Multitud de campesinos abandonan, unos sus chozas y sus huertas; otros durante semanas y semanas duermen en el monte sujetos a las inclemencias del tiempo.
"Muchos se aglomeran en poblados, sin pan, sin techo y sin abrigo.
"¿Por qué nos asesinan si nuestro único delito es labrar la tierra, creando la riqueza nacional? Ya no hay cosechas. El habitante de los pueblos empieza a sufrir la escasez de alimentos. ¿Por qué tenemos que abandonar nuestros sembrados, fruto de nuestra tenacidad y paciencia?
"Hombres sin Dios y sin conciencia son esos infernales bandoleros.
"Cadáveres de nuestros hermanos hemos tenido que dejar a la interperie y huir. Hijos agónicos hemos tenido que recoger en nuestros brazos.
Carta de campesinos de Cañasgordas, 4 de julio de 1951, transcrita por Testis Fidelis, op. cit., p. 123

La violencia en Colombia.
Orlando Fals Borda, Monseñor Germán Guzmán, Eduardo Umaña Luna
Editorial Taurus. Bogotá. 2005. pp 132-134


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PD. Muchas gracias por la paciencia de los habituales lectores de este espacio que a pesar de no haberlo actualizado, siguieron pasando por aquí a la espera de nuevas entradas.

viernes, enero 25, 2008

La violencia en Colombia (I)

En mi reciente viaje a Colombia tuve el privilegio de comprar algunos libros -con los precios que están los libros allí, comprar libros es un lujo- que tenía pendientes: La Voragine, El olvido que seremos... pero en especial iba buscando que desde hace algún tiempo perseguía: La Violencia en Colombia. Un libro desde mi perspectiva no ha hecho más que ratificar la sensación que la puta guerra en que nos encontramos (aunque algunos digan que es una amenaza terrorista), no es una nueva guerra, es la misma guerra, los mismos muertos y los mismos asesinos. Al igual que hace 60 años, los asesinos y los muertos son personas humildes del campo; los instigadores de todo esto, son unos cuantos que se enriquecen desde la comodidad y seguridad que dan las ciudades mientras deciden que se debe hacer con la vida de quienes no ven; al igual que hace 60 años, mientras unos mueren y otros matan, la sociedad da la espalda, y cuando alguien dice que esto ocurre, corre el riesgo de ser condenado al exilio o a la muerte (intelectual o física), como les ocurrió a los autores de ese libro; los desplazados por la violencia son los mismos campesinos de hace 60 años que huían del campo hacia las ciudades en busca de seguridad. Pero quizás hay alguna diferencia que hay respecto a hace 60 años: antes se mataba a machetazos y con armas caseras, hoy contamos con motosierras y armas "made in...". De resto, sigue la misma puta guerra.

En ese libro he encontrado muchas reflexiones que, para vergüenza mía, siguen siendo validas hoy en día. Esas reflexiones las quiero compartir con los lectores de este espacio con una serie de entradas con el mismo nombre del libro de cual se alimentaran. Lo único que busco es compartir nuevas pistas, o mejor, recordar la pista perdida pero marcada desde hace muchas décadas para tratar de sacar el país del abismo en que se encuentra.

Espero que sirva de algo.

omchamat


*** Palabras del ex-presidente de Colombia Alberto Lleras Camargo el viernes 9 de mayo de 1958 ante oficiales y sub-oficiales en el Teatro Patria de Bogotá. (pag. 398)

"Hace tiempo que dije que el país era un convaleciente y que había que tratarlo así, con cuidado, con tacto, procurando no golpearle los nervios, tratando de que no se abran otra vez las heridas, manteniéndolo hasta donde sea posible libre de agitaciones y esfuerzos violentos. esto no es una figura retórica. Es la verdad. Hay en Colombia una crisis social tremenda. Se han perdido las nociones fundamentales de la vida y aún de la más elemental vida social. Hay miseria, cada día mayor, porque no hay seguridad en los campos, porque el consumo baja, porque la producción no encuentra mercados amplios, y porque además no hay dolares para comprar las máquinas, los repuestos, los transportes, los elementos indispensables para mantener la economía, no ya en progreso sino en un ritmo abajo de lo normal. Llevamos casi 10 años de asesinarnos, de combatir sin decisiones últimas, de que mueran soldados suboficiales, oficiales de todas las armas, y millatres de campesinos de todos los partidos y sin partido alguno. Se roba impunemente. Las gentes pierden sus propiedades, su seguridad y sobre todo su esperanza. Nadie cree en nadie. Todos desconfían de todos. El país es muy rico y su economía es intrínsecamente muy fuerte, y por eso todavía hay gentes que prosperan y se enriquecen. Pero se está cavando un abismo tremendo entre los que no tienen amparo y los que negocian y viven amparados. Entre la mayoría de colombianos y la minoría. ¿Cuanto puede durar ese desequilibrio?."


La violencia en Colombia.
Orlando Fals Borda, Monseñor Germán Guzmán, Eduardo Umaña Luna
Editorial Taurus. Bogotá. 2005.
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