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miércoles, junio 22, 2011

En épocas de reivindicación, reivindico.

reivindicar.
(Del lat. res, rei, cosa, interés, hacienda, y vindicāre, reclamar). 1. tr. Reclamar algo a lo que se cree tener derecho.
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En un reciente viaje a una casa rural de Francia, tuve la posibilidad de volver a aplicar mi criterio de cuando estoy de vacaciones: no teléfono, no internet, no noticias, no televisión, es decir, no información. Una vez de regreso a Barcelona me “sorprendió” darme cuenta que el mundo seguía existiendo sin yo saber nada de él, y confirmar lo que siempre siento cuando regreso de vacaciones:   el 99,99% de la información del mundo no es relevante para mi vida cotidiana.

Un gran amigo –que disfruta estar conectado 24h a internet- al decirle que yo no quería internet 24h en mi teléfono hoy me dijo sabiamente que “eso decía mi agüelito del teléfono móvil : "¡yo para que quiero que me llamen todo el día!"… No sé si el abuelito de mi amigo ya tenga teléfono. No sé si yo ya soy un abuelito por estar quejandome de los avances tecnológicos. No sé. Pero sé que tengo el derecho y deber de reinvindicar la libertad, o al menos mi concepto de libertad. 

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Algunas veces, muchas diría yo, siento que nuestro último reducto de libertad, el último espacio que podremos reclamar como nuestro, es el derecho a no estar informados –o mejor, el derecho a estar desactualizados, pues estar informados es un sueño y el conocer lo que pasa en el mundo, una utopía. Por eso:

  • Reivindico el derecho de tener la posibilidad de desconectarme del mundo que vaya más allá de donde llega el más fuerte de mis gritos.
  • Reivindico el derecho a no estar sobreinformado.
  • Reivindico el derecho de no sentirme bicho-raro por el hecho de no querer tener internet en mi teléfono móvil.
  • Reivindico el derecho a sentirme libre aún sabiendo que me gusta estar atado a una desconexión virtual y, en contraposición, reivindico el derecho a sentirme esclavo de la (supuesta) libertad que me da la información.
  • Reivindico el derecho a no sentir angustia cuando pienso que por el hecho de no estar 24 horas al día conectado me estoy perdiendo de la última noticia, de la última tragedia o del último gol de un partido.
Claro, siempre podremos apagar la conexión y quedarnos con el teléfono -el omnipresente teléfono móvil-, pero quien, en su sana lógica es capaz de activarlo solo cuando realmente lo necesita?... y aún más... alguien me puede decir cuando la conexión 24h de internet es realmente necesaria?

Sin embargo:
  • Reivindico el derecho a retractarme de todo lo que acabo de escribir cuando de aquí a tres años –¡o menos!- cuando tenga internet en mi teléfono y me sorprenda de cómo podía vivir sin eso.
  • Reivindico el derecho a que una vez tenga internet 24h en mi teléfono móvil, me sienta libre por ser esclavo de un nuevo amo. Un amo que no reemplaza a uno existente, sino que se une a los que ya son –y serán- dueños de mi vida.

miércoles, febrero 20, 2008

Para comprender mejor

Desde pequeños necesitamos hablar sobre lo que creemos sentir, a opinar sobre lo que creemos saber, a criticar lo que creemos que sienten los otros, o a exigir sobre como se deberían hacer las cosas. Pues bueno, como toda larga caminata comienza con el primer paso, y el camino para comprender que es lo que realmente pasa a nuestro alrededor es bastante largo -por no decir sin fin- propongo hacer un listado de cosas que todos, al menos una vez en la vida y durante el tiempo necesario para aprender la lección, deberíamos hacer para acercarnos a esos seres extraños que no somos nosotros mismos:
  • Para apreciar el valor del agua: quedarnos todo un fin de semana sin conocer el privilegio y el hecho casi mágico que con el simple giro de un aparato metálico salga toda el agua que necesitamos (y la que no también).
  • Para disfrutar de cada trozo de comida que te ofrecen: levantarse un día en el medio de la nada y saber, que a pesar de no haber cenado la noche anterior, durante el día no habrá nada que nos pueda alimentar. Sentir como la sensación del hambre va mutando lenta e irremediablemente hasta convertirse en algo tuyo: primero es una lenta ansiedad, luego una pequeña acidez en el estómago, durante el sueño una posible pesadilla y al despertar un dolor de cabeza que sin ser muy fuerte, no te deja olvidar que desde hace 24 horas no has comido nada. A todo eso le debemos sumar la tristeza de saber que durante todo el día tampoco tendrás nada que comer y que a pesar de tus intentos será imposible no acordarte de de todos los platos que rechazaste por aspectos que en su momento parecían importantísimos: color, olor...
  • Para apreciar la comodidad de una cama: dormir una noche en la calle. Una idea: hacer una fila para pedir un visado a un país donde necesiten inmigrantes pero, a pesar de necesitarlos, ponen todas las trabas para impedir su viaje.
  • Para sentir lo que significa no ser comprendido: un día, solo un día, tratar de comunicarte solo con gestos. No importa lo que digas, ni siquiera si lo que dices ya lo sabe todo el mundo, al final siempre habrá alguien que no te entienda, otros que no te quieran entender por simple y llana pereza, o lo que es peor, te encontrarás con quien te conoce desde hace años, pero por cosas de la vida, te malinterpretará y no te volverá a hablar en tu vida.
  • Para comprender a aquel que hace unos años vivía donde había nacido y hoy, por diferentes circunstancias, es vecino nuestro: A los europeos les sugiero volver a contactar a ese familiar cercano que hace años se fue a "hacer las américas" y no ha vuelto. A los colombianos, hablen con sus padres, tíos o abuelos, e investiguen hace cuanto abandonaron el campo y las razones que los expulsaron a la ciudad. Al final creo que llegaremos a la conclusión que todos somos hijos de una migración producida por violencias económicas o políticas, pero tercamente insistimos en creer que siempre hemos sido sedentarios, cuando nuestra historia nos dice que nunca hemos dejado de ser nómadas. Se nos olvida que la historia la provocan los que viajan, los que se quedan en su sitio, tan solo la escriben. El nómada es un actor, el sedentario, un espectador.
  • Para conocer la riqueza que tienen las cosas pequeñas: vuelve a leer las caricaturas con las que creciste. Te darás cuenta de lo sencilla que puede llegar a ser la vida, pero también descubrirás a aquel extraño ser en que, sin quererlo, te has convertido -pero no por eso un ser mejor ni peor, sencillamente, extraño.
  • Si sales a caminar por la montaña y te encuentras con desconocidos, tiendes a saludarlos. Intenta hacer eso en la ciudad, no en el centro, si no en una calle poco transitada. Seguro que te reirás de lo agresiva que puede llegar a ser una sonrisa o unos "buenos días, como está"...
En fin. Es un primer listado que en mi caso me ha servido para acercarme un poco más a los demás y entenderlos un poco mejor, y lo que es más importante, me ha servido para alejarme de mi mismo y verme con otros ojos. Sin embargo, como lo dije al comienzo de esta entrada, el camino para comprender al otro es largo, pero es más largo, complejo e interesante el que nos permite vernos desde otro punto de vista.

... y para el que lee estas palabras, algún ejercicio para añadir a la lista?...

domingo, septiembre 16, 2007

Cuanto tienes, cuanto puedes delinquir

Justicia no es sino lo que conviene a los intereses de los más fuertes. El poder es lo único que hace que algo sea justo.
La República, Platón

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Es común oír que en la historia de la humanidad nunca se habían alcanzado los niveles de libertad (de movimiento, desarrollo personal, elección...) que actualmente se disfrutan en algunas sociedades. No pongo en duda esta afirmación, pero -siempre hay un pero- me pregunto si esta libertad está siendo ejercida dentro de un marco que tenga en cuenta su complemento indispensable: la justicia. Sobre este último concepto es sobre el cual quiero hablar en esta entrada, pero entendida como las normas que se plasman en los códigos y leyes y no sobre el concepto relativo, y por lo tanto discutible, de lo que es, o no, justo.

Para empezar, una hipótesis: la justicia se basa casi exclusivamente en la venganza que imparte la sociedad sobre quien rompe el acuerdo común y no se basa en el resarcimiento del daño como me gusta creer. En otras palabras la justicia es la medida acordada de la venganza que infringe la sociedad a quien rompe el acuerdo común: los paramilitares en Colombia dentro del proceso de desarme (lo de desmovilizarse ellos y su estructura, está por verse), ofrecen millones de dolares para reparar sus masacres y quedar en paz con la justicia; los grandes contaminadores del mundo, ponen sobre la mesa unos cuantos millones de dolares para pagar el costo de sus emisiones; los infractores de tránsito pagan la multa por saltarse una señal en rojo o dejar el vehículo en sitio para discapacitados. Ese es el tipo de justicia en la que he vivido: una justicia que valora la vida humana en euros, la salud de la población en tantos millones, el poner el riesgo la vida de un peatón en unos cuantos euros y cosas por el estilo.

A lo anterior se le suma que como en muchos otros aspectos de la vida, la justicia es una simple operación matemática, donde el castigo, es decir, el dinero que se debe pagar, se calcula en función de cuatro variables: la cobertura mediática que actúa como multiplicador; la gravedad de la infracción como un sumando; el poder -o su sucedáneo, la influencia- que se posea resta a la pena; y la distancia entre donde se comente el crimen y los centros de poder como divisor (a mayor sea la distancia, menor será la pena). El dolor real, es decir el que sufren las víctimas directas e indirectas, está incluido dentro la cobertura mediática (el dolor de una muerte se diluye entre la cantidad de noticias). Sin embargo, si se desea, la cobertura mediática puede multiplicar el dolor: si quieres ser víctima, llama a los medios. La combinación de estas cuatro variables y el marco general que brinda la libertad acordada por la sociedad, determinarán la pena resultante. Con la misma objetividad y frialdad con que un ingeniero calcula puentes y edificios de acuerdo a los códigos de construcción, los jueces y fiscales calculan el castigo que debe pagar un delincuente de acuerdo a las leyes aprobadas.

Si la anterior hipótesis resulta ser cierta, se puede decir que quien acumula dinero acumula el perdón de la justicia y libertad. Para ejemplificar esto, me gustaría mencionar una noticia publicada hace un par de meses en los diarios de Barcelona*: a raíz de la paulatina concentración de locales comerciales dirigidos por inmigrantes chinos en un barrio de Barcelona, una parte de sus habitantes organizaron una marcha en contra de esta dinámica. Cuando la policía se enteró de esta manifestación, fueron a comunicarle a los responsables que no era posible realizarla por la falta de permisos (no por el sentido moral que tiene hacer una manifestación contra un colectivo) y que si la llevaban a cabo se expondrían a una multa de hasta 30.000 euros. Los vecinos, como era de esperarse, desistieron. Sin embargo lo que me llamó la atención fue que el argumento para desconvocar la marcha fue que no tenían el dinero, no la ilegalidad de la acción. Ante estos hechos me da la impresión que en la sociedad occidental hay un acuerdo tácito que dice: "cuanto tienes, cuanto puedes delinquir". Como una pértiga, el saldo bancario sirve para saltarse las barreras legales. Si no me creen, los invito a reflexionar sobre el cumplimiento de algo tan sencillo como las normas de tránsito: ¿cuantas veces hemos dejado de cometer una infracción por el miedo a la multa y no por lo ilegal que es? ¿cuantas veces hemos hecho algo que no se debe hacer con la disculpa "no me ve nadie que me pueda multar"?.

¿Ahora bien, que alternativa queda para establecer otro orden de prioridades, para establecer otro sentido de justicia? La verdad no creo que exista, pues como dijo Goethe, "la Ley y el Derecho como una enfermedad incurable, se deslizan de generación en generación y avanzan de un lado a otro. La razón se convierte en algo absurdo y la bondad en perjuicio"** y frente a eso pocas cosas se pueden hacer. Como un gen recesivo, el dinero se ha introducido en la justicia desde muchas generaciones atrás, y hoy en día, parece ser un gen dominante.

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* Sobre este tema, aunque no sobre la misma noticia, me referí en una entrada anterior
**Fausto, Goethe, J. W. Ed. Espasa Calpe. Madrid, 2007. Pag. 102.
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