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sábado, julio 14, 2007

Cosas que me llaman la atención de Barcelona

Es difícil encontrar una mujer que luzca orgullosas sus canas propias de su edad. Es más probable encontrar abuelitas con su pelo en cualquiera de las variedades de rojo caminando con su nieta, que la clásica abuelita de canas que parecen nieve.

Se invierte una gran cantidad de dinero en hacer campañas para que las personas que sacan a pasear sus perros recojan los detritos orgánicos que dejan sus mascotas, pero no he visto campañas similares para silenciar los tubos de escape de las motos.

Lo que alguna vez fuera declarada por E. Hemingway como uno de los lugares más bonitos del mundo, las Ramblas, hasta hace poco más de cinco años era un lugar donde idiomas diferentes al español eran extraños. Hoy en día el español (la persona y el idioma) es un "bicho raro" en esa calle, predominan los turistas mientras que los nativos han sido expulsados de este espacio público. Por eso me cuesta entender que cuando un colectivo como los inmigrantes que vienen a vivir y trabajar, transforman un espacio público (dándole un nuevo uso o incluso reutilizandolo), se entienda como un gueto. ¿Será acaso que debemos comenzar a hablar de "guetos turísticos"?

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En esta ciudad fue donde vi en un parque la señal de prohibido jugar. Si Barcelona fuera un lugar con muchos espacios donde los niños pudieran jugar, lo entendería, pero no es así.

Muchas de las tradiciones como los bailes son impensables hacerlos individualmente es vital la función de grupo: la sardana (el baile típico) se desarrolla en hexágonos, en donde los participantes se cogen de las manos, siguiendo, si es posible, un patrón alterno hombre-mujer-hombre-mujer... mirando todos al centro del círculo; los castells (castillos de hasta 10 metros de altura formado por personas) no distinguen sexo ni edad.

Las fiestas se celebran en torno a la comida y no en torno a una pista de baile.

Hace poco salía por la prensa una campaña para acompañar a personas que se quedaban solas durante su estadía en el hospital. En muchos casos sus familiares no los iban a visitar en muchos días.

Es tal la necesidad de pediatras que contratan a personas de otros países que difícilmente se pueden hacer entender en español. Para ciertos trabajos deberían pedir un conocimiento mínimo de, al menos, el español.

Muchas veces tengo la sensación que vivo en una ciudad de hoteles, y no en una ciudad con hoteles. He contado hasta cinco hoteles en una misma calle y se espera que en los próximos años se inauguren 49 hoteles que sumarán cuatro mil camas a las existentes. Si hay algo que tengo claro, es que si me mudo a otra ciudad, trataré que no sea turística, pues muchas veces tengo la sensación de estar en Melgar (Colombia).

El museo del club de fútbol Barcelona es el más visitado, por encima de el de Picasso.

Cuando se clausuró el Forum de las culturas en el 2004, se invirtieron más de tres millones de euros en los fuegos artificiales. Después de una masiva e impresionante marcha en contra de la invasión de Irak, Barcelona se autoproclamó la capital mundial de la paz. Con ocasión de una de las inumerables catástrofes naturales que ocurren en el mundo, hace tres años el ayuntamiento organizo una colecta, tan solo recogieron 700.000 euros. Yo me quedé pensando en los fuegos artificiales y en la paz de Irak.

... y para terminar, no podía dejar de mencionar lo curioso que me resulta descubrir que en este tiempo (5 años) he conocido muy pocas personas que no tengan algún tipo de historia relacionada con la inmigración de sus familiares cercanos: tíos que se fueron a "hacer las americas" o padres que llegaron de otras zonas de España buscando un futuro mejor. Sin embargo se habla de la inmigración como un fenómeno nuevo.

sábado, junio 30, 2007

El mundo es más pequeño, pero no más cercano

El mundo es un centro comercial. No lo digo por el consumismo del que ya he hablado varias veces en este espacio, ni tampoco por el hecho que sea España de los tres países con mayor número de centros comerciales de la Unión Europea, ni muchísimo menos por la fábula urbana que dice que cuando un turista -bastante despistado por cierto- conoció el Barrio Gòtic de Barcelona preguntó la hora en que cerraban ese centro comercial. No, no digo que el mundo sea un centro comercial por esas razones, lo digo por que está a punto de comenzar las vacaciones de verano y muchas conversaciones a la hora del descanso del trabajo se centra en quien tiene el destino más extraño, más exótico, más lejano, el más pobre o el más suntuoso, el más pacífico y tranquilo o el más dramático y dinámico. En algunas ocasiones cuando escucho los posibles destinos tengo la sensación que esos países son tan solo almacenes de un gran centro comercial especializado en "cosas únicas producidas en serie".

La mejora de la calidad de vida y en especial, el aumento de la capacidad adquisitiva en algunos países, han hecho -entre otras razones- que el mundo sea mundo más pequeño para un mayor número de personas. Si bien antes eran unos pocos los que podían tomar un avión el viernes después de salir del trabajo para cruzar el Mediterráneo, dormir en un hotel en el medio del desierto y volver en primer vuelo del lunes para llegar directamente al trabajo, hoy en día este colectivo es inmensamente más grande y fuera de eso, los destinos son mucho más variados. Hoy en día los destinos que antes parecían lejanos por su elevado costo, en la actualidad están al alcance de cualquier persona -la semana pasada una aerolínea de bajo costo de España, "vendía" pasajes de avión de solo ida por cero euros; si, cero euros. El mundo es, en definitiva, mucho más pequeño y accesible. Sin embargo, esto no significa que para la mayoría de las personas que sienten que el mundo es más pequeño, al mismo tiempo sientan que esos destinos estén más cercanos o sean más conocidos. Por el contrario, es tal la variedad de estilos de vida que se pueden observar que se ratifica la sensación que son mundos tan diferentes que no hay puntos en común, puntos de encuentro.

Después de un tiempo de no verse con los compañeros de trabajo o los amigos, como ocurre con las vacaciones, es lógico hacer un breve recorrido por lo que se ha hecho durante el tiempo de separación. Como es de esperarse, después de las vacaciones estas conversaciones se vuelven más interesantes y prolijas tanto en temas como en versiones de los mismos destinos. Sin embargo, muchas veces quedo con la sensación que para muchas de las personas que les he escuchado sus viajes, estos destinos son como un almacén de un inmenso centro comercial, donde cada uno "compite" por haber visitado el más extraño, inverosímil o único. Donde en algunas veces se confunden las costumbres de esos "almacenes" con espectáculos, en el mejor de los casos, o rituales extraños y de los cuales se debe desconfiar, en el peor de ellos. No pretendo, ni mucho menos, decir que para poder viajar se debe profundizar en las costumbres del destino, pero si creo que antes de juzgarlas se debe tratar de al menos entenderlas. Solo de esta manera un juicio tendría validez.

Toda esta reflexión surgió a raíz de un comentario que oí de una amiga que había ido a África. Ella no podía entender la pasividad de los "nativos" frente a algunas situaciones. Mi amiga no pudo entender, entre muchas otras cosas, que no hubiera horarios de salida de autobuses y que nadie dijera nada o que ante su pregunta de "¿cuando salimos?", la respuesta siempre era "pues cuando nos vayamos". La desesperación, como es lógico, se apoderaba de ella y a partir de ahí es fácil y efectivo elaborar un discurso sobre el atraso de esos países. Sin embargo ella nunca se detuvo a pensar sobre lo que se encuentra detrás de esa pasividad, frente a esa aparente resignación. Sencillamente observó esa realidad como quien mira un almacén de ropa desde los inmensos ventanales y ve al fondo un maniquí con un vestido que no le gusta y decide que toda la ropa de ese almacén no es de su estilo y se va. No se plantea entrar a ver otros vestidos o al menos comprobar que realmente el vestido que se veía desde el ventanal en realidad no le gusta. Las posibilidad de encontrar el "vestido de su vida", las anula por el prejuicio de ver un vestido que no le gustaba desde el ventanal. Este tipo de turista casi siempre me transmite la sensación que la más leve costumbre que no este acorde con su esquema mental, anula cualquier posibilidad de aprender de la otra cultura; la posibilidad de probarse otros vestidos, o lo que es lo mismo, otras costumbres, es anulada por el vestido que no les queda bien. Para estas personas, el mundo es un gran centro comercial de cosas curiosas pero no valiosas, donde cada país y cada destino son tan solo almacenes con productos exóticos.

Yo por ahora sigo planeando mi viaje a Islandia gracias a la guía que me describe los paisajes que tengo que ver, desde donde los tengo que ver, los sitios donde debo ir y las mejores horas para visitarlos.

lunes, agosto 21, 2006

...y lo vas a dejar ahí???

-... y lo vas a dejar ahí, en la calle y de noche??... no te da miedo que le pase algo?

Eso le pregunte a mi entonces novia, ahora esposa, catalana cuando dejó “aparcado el coche” en una solitaria calle cerca del apartamento que yo en ese tiempo compartía con una alemana, un francés y un italiano. Esa noche habíamos salido a comer a un restaurante catalán un plato típico... cargols... cargols????....yo me pregunté lo mismo... pero que son los famosos cargols???... la respuesta era sencilla, caracoles silvestres!!!...

-...pero como, ustedes comen caracoles?... como se les ocurre!.. los caracoles han sido declarados por mi mamá como los enemigos públicos número uno del jardín de mi casa, yo los mataba -le decía a mi asombrada novia- tirándoles sal encima y viendo como se deshacían!!!...

Ella me explicaba que era parte de una tradición y que los mejores eran los que preparaban en Lleida -en español, Lérida, como el pueblo de Colombia. Aún no he podido comprobar que los de Lleida son los mejores, pero tengo que reconocer que los que me comí esa noche sabían “mucho lo bueno” como dicen en Santander (Colombia), cuando uno come esos deliciosos insectos negros, recubiertos de sal, de cerca de dos centímetros de longitud, y que salen del hormiguero pa’la paila... Cuando describía esa deliciosa tradición y le decía que era un manjar de los dioses (la exageración de todo lo nuestro debería ser declarada patrimonio nacional!), la reacción de mi novia no se hizo esperar...

-... pero como, ustedes comen hormigas y fuera de eso tan grandes?... y CULONAS??... como se les ocurre... que asco, si ellas son las enemigas públicas número uno del apartamento de mis padres!... que asco, no mejor, que miedo!!!!

Por supuesto que me abstuve de contarle que después de haber disfrutado del placer de comerlas, muchas veces las patitas o el caparazón que recubre sus órganos internos, se quedaban atrapados entre los dientes por un tiempo, como si fuera una venganza de la naturaleza. Esa sensación la vivió ella en carne propia, cuando hace año y medio estábamos en la plaza central de Barichara y las probó por primera vez. Era lo mínimo que podía hacer, yo había aceptado comer caracoles, ella tenia que acceder a comer hormigas. La foto de ese momento todavía la tenemos como prueba una prueba de valor; claro, ella las probó después de haber almorzado chanfaina y cabrito asado, todo acompañado con la correspondiente chicha... después de eso...

Pero bueno, lo de las diferencias en el comer, van a ser parte próximas entradas. En esta ocasión quería recordar la impresión que me produjo llegar a una ciudad donde la gente además de tener una habilidad especial para “parquiar” en los sitios más increíbles y en espacios imposibles, deja sin mayores riesgos los carros durante muchas noches en la calle... y lo raro es cuando roban alguno!!!... claro que se producen robos en los carros por las noches, pero no es eso lo primero en que piensan cuando lo dejan, tirado diríamos nosotros, en una calle cualquiera sin mayores temores. Esa era la razón de mi pregunta con la que iniciaba esta entrada, pues entendí que la típica expresión de mi papá diciéndome “vaya hijo y le echa un ojito al carro, no vaya a ser que se lo están robando”, aquí casi no tiene sentido y si lo tiene es para vigilar que no le hayan puesto una multa porque el tiempo del parquímetro esté cumplido.

Quizás esa es de las cosas que más gratamente me han impactado de vivir en una ciudad como Barcelona, y creo que es común a muchas ciudades europeas, es la tranquilidad de poder disfrutar de la calle con tranquilidad. Una leyenda urbana dice que una de las formas para saber si una persona que va por la calle es colombiana, es porque mira para atrás a cada rato...

(el periódico La Nación Latina publicó el 13 de Octubre esta nota en su sección de actualidad)

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