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viernes, mayo 02, 2008

El que mucho abarca, poco aprieta

Este espacio lleva online cerca de un año y medio. Durante estas más de 70 semanas he tratado por disciplina y "responsabilidad" -pero sobretodo por gusto- de escribir una entrada cada semana. De poner en palabras esas ideas que rondan mi cabeza y que por un ataque de egocentrismo pienso que valen la pena ser compartidas con los lectores de este espacio.

A excepción de las semanas en que he tomado vacaciones informáticas -me alejo lo más que puedo de cualquier tecnología que me "conecte" con el mundo-, puedo decir, con cierto orgullo, que tan solo en dos ocasiones me he fallado en este compromiso y en las dos ocasiones no ha sido -por fortuna- por falta de ideas o de ganas de escribir, sino -por desgracia, o mejor, por mala suerte- por esa falta de tiempo crónica en nuestros días. Aunque tengo que reconocer que más que falta de tiempo es debido a una dedicación casi exclusiva a una sola cosa y eso me lleva a una reflexión sobre los tiempos que corren -si otra vez, hablar sobre los tiempos que corren, me disculpo en la frase que oí hace algún tiempo en el sentido que uno solo escribe de sus obsesiones o de sus miedos.

Decimos que vivimos en la sociedad de la información, y ha de ser cierto, pues todo el mundo está sobreinformado, todo el mundo puede tener idea de que es lo que pasa en cualquier parte del mundo y en un par de horas de internet nos sentimos capaces de decir que tenemos una opinión al respecto. Sin embargo, esta sociedad de la información con todos sus instrumentos, y el computador personal con conexión a internet como icono casi de culto, cada vez deja menos espacio para las cosas pequeñas. Pensamos que un computador potente y una buena conexión nos permitirá hacer muchas más cosas en el mismo tiempo. Tratamos de vivir al mismo ritmo que funciona un computador, es decir, con la capacidad, siempre limitada, de hacer diferentes cosas al mismo tiempo: mientras miro el precio de un viaje a Francia, leo las noticias de un periódico de Colombia, consulto el estado de saldo de mi cuenta bancaria, y le pregunto por chat a un familiar que vive en Nueva Zelanda sobre posibles destinos, todo esto mientras termino de realizar un cálculo en excel que me dirá si puedo o no puedo ir a Francia. Todo eso lo puede hacer un computador sin problemas, e incluso con una cierta concentración, no nos equivocaremos en la decisión final. Sin embargo, creo que aunque podamos ser "multitareas" en ciertos momentos, vivir de esa manera nos llevará a no tener tiempo para lo sencillo, para lo cotidiano, para lo vital, para lo que Es, mientras nos concentramos en lo que parece ser. Y la verdad que no entiendo para que queremos hacer tantas cosas si quizás la teoría del gen egoísta sea tan evidente que no queramos verla. Esta teoría plantea que nosotros somos creaciones hechas por nuestros genes para garantizar su supervivencia, es decir, que somos tan solo "contenedores" de cromosomas y no esos seres trascendentes en el tiempo y la historia que soñamos ser.

Sin embargo, al otro extremo de querer hacer muchas cosas, está el concentrarse en una sola, es decir dedicarle diariamente más horas de las que te dedicas a ti mismo a aceitar un sistema diseñado para hacer muchas cosas al mismo tiempo, un sistema diseñado para parecer eficiente y agradable, para que al final, como el aceite viejo de maquinaria que ya no sirve, seas desechado y muy pocas veces reutilizado. Pero si es por tu compromiso personal, por aquello que llaman "la ética del trabajo", no te preocupes, si sales de la máquina ella seguirá funcionando sin ti. No importa el tiempo que le hayas dedicado al funcionamiento de la máquina. Convéncete, no eres irremplazable, puede que tengas algunos privilegios por tu esfuerzo, pero no muchos. Como decía en una entrada anterior pero desde otra perspectiva, la imagen de Charles Chaplin en la película Tiempos Modernos que hace parte del engranaje de la máquina, es la mejor representación de nuestra sociedad.

Bueno, creo que ya va siendo hora de cerrar esta entrada que lo único que quería reflejar, es esa dicotomía en que vivimos. Por un lado queremos ser aceite, engranaje y producto, queremos hacer de todo, pero por otro, si hacemos una sola cosa, al final "esa sola cosa" que queremos hacer, con muchas posibilidades será algo diferente de lo que tu quieres, o incluso de aquello que quieres vivir.

En fin. Espero que esta entrada sirva como disculpa con los visitantes habituales y esporádicos de este espacio por la intermitencia de las últimas semanas en la actualización de este espacio. Espero seguir contando con su compañía...

sábado, marzo 08, 2008

De las palomas y otros bichos

En las plazas de muchas ciudades es posible encontrar con gran frecuencia un elemento que las identifica y que se repite entre ellas. No me refiero a los grandes hitos arquitectónicos que habitualmente rodean estos sitios, ni tampoco a la cantidad de personas que, pensando que es un sitio adecuado para encontrarse, deciden ponerse una cita en el lugar más concurrido de la ciudad -es curiosa esa costumbre pues, ya sea por ser uno de los protagonistas o por estar pendiente de las charlas de mis compañeros de espera, muchas veces escucho conversaciones tipo "donde estás, no te veo"..."pero, yo también estoy ahí..."... "donde exactamente estás, ahhh no... ya te vi. no te muevas". Hoy quiero aprovechar que la primavera está comenzando y hablar sobre las palomas. Pero no hablaré de las palomas de la paz o esas palomas de concurso, sino de las palomas urbanas, de las palomas para los niños y para los turistas (aunque muchas veces los turistas se comporten como niños).

La primera vez que tuve conciencia del, para mí, extraño comportamiento de estos ratones voladores (con el perdón del los colombofilos) fue en el parque Luxemburgo de París donde debido a mi reducido presupuesto, mi comida del día se limitó a un pan con una lata de atún. La verdad que no sé que fue lo que les llamó la atención a las palomas, pero una gran cantidad se me acercó y me entretuvieron un buen rato mientras observaba como se comían las boronas que iban encontrando a mis pies. Todas se peleaban cualquier trocito de comida y casi literalmente se lo arrebataban las unas a las otras. A pesar del constante, y quizás aparente, nerviosismo de estas palomas, estas se volvieron más violentas, cuando llegaron otros pájaros más coloridos, más vivaces y más pequeños. Estos últimos estaban pendientes del trozo de comida que dejaban las palomas para ellos aprovecharlo y alimentarse. Sin embargo, me daba la impresión a las palomas no les gustaba que alguien se comiera lo que ellas ya no querían. Había comida para todos, pero todos se resumía solo a las palomas. Que no viniera alguien más a comerse lo que ellas ya no querían y muchisisisisimo menos si esos "otros" no eran palomas.

El contraste era bastante interesante, por un lado estaban las palomas robustas, con su gorjeo monótono, su movimiento nervioso pero acompasado y todas de una gama de colores bastante similar: diferentes gradaciones del gris, un poco de blanco por aquí y un poco de un verde suave por allá. Mientras que los otros pájaros eran pequeños, de movimientos rápidos, ágiles, ruidosos, que iban a recuperar el trozo de pan que habían dejado las palomas y salir de allí lo más rápido posible, pues de lo contrario vendrían las palomas a atacarlos y recuperar aquello que ya habían desechado. En fin, creo que si están en una plaza y si se fijan en el comportamiento de las palomas y su relación con otros pájaros sabrán de que estoy hablando.

Toda esta seudo-introducción tiene que ver con una sensación muy extraña que tuve en estos días a la salida del metro. En el trayecto que va desde el vagón hasta la superficie, y al cual me referí en una entrada anterior, hay una especie de túnel donde se distorsionan los sonidos y en el cual el ruido de los zapatos tiene un particular tono. No es el tono lúgubre y con gran eco de las películas de suspenso, sino algo diferente algo más "natural", por decirlo de alguna manera. Sin embargo, y a pesar que siempre me había fijado en este efecto, tan solo hace un par de días descubrí la razón por la cual me llamaba tanto la atención. Mientras estaba pensando en el bajo número de choques entre palomas y caras de seres humanos*, de un momento a otro encontré muchas similitudes entre ese ruido matutino y el sonido de palomas que buscan su alimento. Me sentí como una paloma más que va buscando su trozo de pan. Esta sensación se hizo más vivida cuando me fije en los colores de la ropa de las personas que iban subiendo la escalera: diferentes gradaciones del gris, un poco de blanco por aquí y un poco de un verde suave por allá. El punto culminante de esta experiencia llegó justo antes de salir a la superficie: me encontré con un grupo de mujeres latinoamericanas discutían entre risas y gestos rápidos la mejor forma de llegar a las oficinas que tendrían que limpiar durante la mañana.

... y después dicen que el ser humano no se parece a los animales.

***

* La verdad siempre me ha parecido curioso como a pesar de tantas, pero tantas palomas que se pueden concentrar, todavía no he oído el primer caso en el que una persona tenga una herida en la cara a causa de una paloma que sale volando a gran velocidad de cualquier plaza.

sábado, noviembre 03, 2007

¿A quién le pertenece mi tiempo?

Que el hombre vuelva a capitalizar siglos en vez de capitalizar leguas. Que la vida humana sea más intensa en lugar de ser más extensa.
La Penúltima Versión de la Realidad. Jorge Luis Borges. 2005. Instituto Cervantes, RBA, Barcelona.

Hay días en que me cuesta creer en el sentido humano de la vida misma. Momentos en que la monotonía de mis actos no hace otra cosa que ratificar la irracionalidad de mis motivaciones.
omch

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Primera imagen:
Es un sábado cualquiera, cinco de la tarde. Salgo a caminar y me siento en un parque. Entre los niños que disfrutan de si mismos, me fijo en un par de perros peleando por un juguete que creen les pertenece y que una vez uno de ellos (el más pequeño y ruidoso) logra su posesión, sale corriendo donde su dueña a entregárselo y repetir el ritual. El juguete se lo da a una señora de unos treinta y cinco años vestida para un sábado de descanso: pantalones anchos, camisa de algodón con colores vivos -seguramente entre semana prefiere colores neutros y texturas frías para no llamar la atención en el trabajo-; no parece ni muy adinerada ni muy apurada económicamente. Pero hay algo que hace que me fije en ella de manera especial: una conversación por uno de esos teléfonos de última tecnología que, según la publicidad, te permite conectarte donde quiera que estés (creo que la realidad es que te impide desconectarte donde quiera que estés) y de la cual, por la vehemencia de su gesticulación y el tono de voz que sube momentáneamente, apenas logro captar algunas palabras: "entregas", "urgente", "¿ahora?". Sin duda está tratando de solucionar algún inconveniente en el trabajo. La compadezco.

Segunda imagen:
Esa visita al parque me hizo recordar el cuento de Borges con el cual comienzo esta entrada, donde se propone como principal diferencia entre el ser humano y el resto de la naturaleza es que nosotros podríamos -es una posibilidad- acumular tiempo mientras que las plantas acumulan energía y los otros animales distintos al ser humano, territorio. Cuando Borges dice "acumular tiempo", se refiere a la capacidad que tiene el ser humano para acumular conocimiento: el tiempo materializado en una idea, una tecnología, una palabra o un libro es a lo que se refiere el autor. Cuando los españoles llegaron a América no eran conscientes de este hecho y dieron por sentado que el tiempo, y por lo tanto el conocimiento, de los indígenas no servia para nada y era necesario crear una taula rasa sobre la cual comenzar a escribir la historia.

Tercera imagen:
Sigo sentado en el parque; aunque la señora no ha dejado de hablar por el teléfono, lo sigue haciendo de una manera más tranquila, pero con el ceño mucho más fruncido; los perros no han dejado de correr una y otra vez detrás de "su" juguete; aparece en mi mente Borges y su concepto de acumular tiempo. Sin quererlo se unen esas tres imágenes en una misma pregunta: ¿acaso no estamos actuando como esos perros que luchan por un juguete?.

El ritmo de vida de la actualidad nos condiciona a evitar actuar en contra de lo que nos hace diferentes del resto de seres vivos. Es decir, buscamos que nuestra capacidad de acumular conocimiento, experiencias y en últimas, tiempo, sea reemplazada por nuestra capacidad no-humana de acumular energía (dinero) y espacio (bienes materiales: una casa grande, un viaje al otro lado del planeta que nos permita sentir que el mundo es pequeño). Cada vez luchamos por tener más, con la estúpida ilusión que cuando tengamos lo suficiente (lo cual rara, muy rara vez ocurre) podamos dedicarnos a acumular tiempo. Vivimos empeñados -en el sentido literal y figurado de la palabra*- en comportarnos como animales para ver si algún día podemos comenzar a ser seres humanos. Mantenemos, como los perros del parque, una lucha con nuestro vecino por un juguete que creemos que nos pertenece, pero cuando lo tenemos en nuestro poder, en lugar de poder disfrutarlo, tenemos que entregarlo a su verdadero dueño. Vivimos con la ilusión de pensar que el sábado en la tarde es para nosotros y para aquellos que nos hacen ser seres humanos. Pero mentira, vivimos en función de aquello que nos permite acumular energía y espacio. Por eso creo que en esta zoociedad quien triunfa, quien tiene la jaula más grande, es quien es más animal, no quien más la necesita. El "triunfador" en el mundo de hoy, es quien ha logrado acumular más energía y territorio, no quien es más humano -por supuesto que no me refiero al sentido "humanitario", lo digo en el sentido borgiano de acumular conocimiento y experiencia.

Según mi mínimo conocimiento en antropología cultural, casi todas las tribus que aún existen en el mundo, al igual que sus antepasados, comparten una reverencia y respeto hacia las personas mayores. En esas culturas los mayores son la fuente de sabiduría y conocimiento. Ellos tienen la última palabra, son los que han acumulado la historia de su pueblo. Sin embargo en nuestras zoociedades, estas personas parece que no existieran. El ritmo de vida de hoy necesita animales de reflejos rápidos, no la lentitud de quien ya posee el tiempo. Necesita de energía, no de sabiduría. Necesita materia, no conocimiento. Necesita animales, no personas.

Imagen final:
Sigo en el parque. La señora del teléfono ya ha dejado de hablar y parece más relajada jugando con sus perros. El timbre de su teléfono le vuelve a sonar. Esta vez parece que es algún familiar: su voz se suaviza y sus gestos mucho menos categóricos. Un remedo de sonrisa aparece en su boca (aún hay rastros del disgusto que le dejó la llamada anterior). Entre ladridos de perros y gritos de niños alcanzo a escuchar: "no mamá, no puedo ir a cenar esta noche, me llamaron del trabajo y tengo que pasar por la oficina... si, lo sé, hoy es sábado... ¿que te parece si nos vemos la otra semana?". Mientras observo la mirada perdida de la señora (¿se estará preguntando por el trabajo o por su madre?), uno de sus perros se acerca a mi. Me huele. Suena mi teléfono y el perro sale corriendo asustado. No conozco el número. ¿Será mi jefe?.

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*empeñar: 1. tr. Dejar algo en prenda como garantía del cumplimiento de un compromiso o de la devolución de un préstamo. 6. prnl. Insistir con tesón en algo.
Diccionario de la Real Academia Española.

viernes, octubre 13, 2006

Tiempos modernos...

En el transcurso de poco más de una semana se han publicado dos estudios relacionados con el tema de la inmigración en España. Uno en el cual se afirma que Cataluña necesita, para mantener su estructura económica, al menos un millón de inmigrantes durante los próximos quince años, y otro en el cual se concluye que los inmigrantes extracomunitarios, debido al tipo de trabajos que desempeñan, reciben un salario 30% más bajo que el promedio de la población.

El primero de estos estudios es, en apariencia, una buena noticia para todas las personas que están quieren venir a trabajar a España: hay mucho trabajo. Sin embargo el segundo describe las condiciones en las cuales van a tener estos trabajadores: salarios bajos y trabajos que los locales ya no quieren. Las imágenes que acompañan estos estudios cuando los anuncian en los medios de comunicación muestran el perfil del inmigrante que se espera que llegue: persona joven, con nivel de preparación media, saludable, sin hijos y dispuesto a trabajar en las primeras etapas de producción, aquella donde los salarios son más bajos. Un subsahariano recogiendo frutas bajo el sol, una latinoamericana que limpia casas, el marroquí o indio que tiene su almacén abierto los 365 días, todas son imágenes que acompañan la presentación de estos estudios en los periódicos y los noticieros.

Cuando vi estas imágenes me acordé de la película “Tiempos modernos” de Chaplin, y en especial de dos imágenes. Una, en la cual el protagonista está trabajando en una línea de ensamblaje al más puro estilo fordista, y que es igual a la cadena de empaquetamiento de frutas que acompañaba la presentación del estudio sobre la necesidad de inmigrantes en la portada de un periódico; y otra, donde Chaplin termina siendo una parte más de la maquinaria, como si su trabajo fuera ser el aceite que le permite funcionar. El parecido entre la realidad y la película, es, tristemente, más que evidente.

Hace unos cuantos meses, un amigo me comentó que tenia que ir al aeropuerto a recoger a un grupo de más de 15 ingenieros de alimentos colombianos que venian a trabajar como camareros en uno de los restaurantes de comida rápida más importantes del mundo. Las condiciones: vivienda pagada por la empresa el primer mes, un salario de 700 euros al mes y si se quedaban más de un año el pasaje de avión le salía gratis. No pretendo juzgar las razones que motivaron a estas personas a aceptar estas condiciones, por el contrario, me parecen absolutamente respetables y valientes. Donde quiero llamar la atención es el inmenso desperdicio de recursos que Colombia está haciendo al dejar ir lejos de sus fonteras a su capital humano mejor preparado, y lo peor es que una vez afuera somos sencillamente “aceite de la maquinaria”. Pero lo paradójico es que en nuestro país bien podríamos ser el aceite y el engranaje de la maquina que nos puede sacar del atolladero en que nos encontramos.

(el periódico La Nación Latina publicó el 13 de Octubre esta nota en su sección de economía)

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