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jueves, noviembre 03, 2011

De prejuicios y dioses de supermercado


Llego a un supermercado, no importa el nombre, no importa el lugar. Podría pasar al lado de tu casa y de la mía. Hace frío afuera y gracias a la lluvia tengo frío. Dentro del supermercado, como no puedo evitar pasar por la sección de congelados, el frío se hace más intenso. Lo único que pienso es en algo caliente que me estimule el espíritu. El Dios de los supermercados –en todas partes hay un Dios – me pone al final del pasillo de los embutidos a una agradable señora encargada de atraer nuevos clientes  regalando pequeñas muestras de butifarra artesanal. 

Mientras mi alma elevaba una oración de agradecimiento al Dios de los supermercados por darme esta oportunidad de no perder la fe. La señora, con una sonrisa bastante cercana a la sinceridad, comienza a explicarme en su idioma las ventajas del producto. No me mira a los ojos pues mientras me habla, ella está concentrada en un señora que pasa por mi lado muy interesada en el producto. Que no me mire, no me molesta, es más, me alegra que no se dirija a mí, así puedo continuar rezando y disfrutando de como el frío remite de mi cuerpo. Una vez que la posible clienta después de haber visto el precio del producto, sigue de largo, la señora que el Dios de los supermercados me había puesto en mi camino, me mira por primera vez a los ojos. Y ohhh sorpresa. Mi no-se-qué que siempre me convierte en “sospechoso” de no haber nacido a pocos kilómetros de esta ciudad, sino a miles de kilómetros de aquí, hace que la señora, en una misma frase cambie de su idioma nativo al mío. Y lo hace con una mirada y un cambio de tono de voz que lo primero que pensé era que me pedía disculpas por dirigirse a mí en un idioma que, en teoría, yo no debería conocer. Yo no sé si agradecerle por el gesto de cambiar de idioma o por la butifarra.Con la boca medio llena, sonrio y sin decir nada, sigo mi camino.

Gracias a Dios y a la butifarra, el frio es menor. Sigo caminando hacia la sección de vinos, hoy tengo una cena familiar y cualquier vino no sirve. Pienso en las razones que tuvo la señora enviada-por-Dios para cambiar su idioma cuando se fijó por primera vez en mi. Mi reacción inmediata fue de una pequeña y molesta rabia. ¿Acaso ella piensa que únicamente por mi no-se-qué de inmigrante me hace incapaz de entender su idioma? ¿Acaso ella no sabe que soy, como dicen algunos exámenes fully competent en su idioma? ¿Acaso no sabe que yo trabajo, hablo y escribo en su idioma?.
La primera respuesta a esas preguntas hace que la rabia no sea más grande, pero si más molesta. Dejo esas reflexiones al lado, debo concentrarme en el vino rioja reserva de 2007 que estoy buscando. Al final de la estantería lo encuentro. Dios no me abandona y tengo lo necesario para la cena.

Dirijo mi camino a las cajas. De forma intencionada paso por la sección de butifarra gratuita que Dios me mostró, para hablar con la señora y demostrarle que yo también conozco su idioma. Bueno, también para comer un poco más de butifarra caliente. Sin embargo, al pasar por el puesto donde antes estaba la señora, ella ya no está, pero afortunadamente dejó unos cuantos trozos de “libre disposición”. Vuelvo a agradecer a Dios por su generosidad.

Estoy haciendo fila para pagar y veo en la distancia a la señora de las butifarras; mientras habla con otro posible cliente no deja su sonrisa que me sigue pareciendo bastante sincera. Pienso en la rabia que me había producido el encuentro de pocos minutos antes. Sin embargo, en el medio de esas reflexiones, por una extraña asociación de ideas tengo la certeza que mi rabia no era justificada: entiendo que la señora quería ser amable conmigo al dirigirse en un idioma que yo, supuestamente, si pudiera entender. La señora intentaba convertirme en un cliente y para eso quería evitar cualquier malentendido idiomático. La señora intentaba ser, sencillamente, amable conmigo y ella ser una buena vendedora.

Me acuerdo de un amigo que me dijo hace tiempo, no por ser paranóico significa que te están persiguiendo. 

Salgo del supermercado, agradezco a Dios de los supermercados por su generosidad, a la señora de las butifarras por su amabilidad y a mis amigos por su sabiduria. 

***
Dos entradas de "ñapa":

Una entrada antigua sobre el Dios de los supermercados una entrada de hace tiempo pero que no pierde vigencia: En defensa del consumismo

Una experiencia similar pero ya no desde el prejuicio del inmigrante hacia el nativo, sino del más conocido y divulgado: del Nativo hacia el inmigrante: Hay miradas que matan

lunes, junio 16, 2008

Cuarenta años sin hablar alemán

En Europa hay un vivo debate sobre el fenómeno migratorio. Un debate que enciende ánimos, moviliza votantes, vende periódicos y que incluso, en algunas ocasiones, busca las maneras de enfrentar a este hecho, que bajo ningún aspecto es un problema como lo preguntan las encuestas. Se escuchan todas las voces, desde que las que dicen que todo es culpa de los inmigrantes, hasta que gracias a los inmigrantes se mantiene el estado del bienestar. Una de las propuestas para solucionar el dilema de los europeos, pero no de afrontar las necesidades de los inmigrantes, es la firma de un "contrato de integración", que varia según el país. Una propuesta que puso recientemente sobre la mesa el presidente de Francia Nicolas Sarkozy, un representante que se podría decir tiene su soporte en aquella masa amorfa que se sitúa a la derecha de la opinión pública, pero que José Zapatero, un representante del lado opuesto de Sarkozy, comienza a "dejar caer" en los medios de comunicación. Dentro de estos contratos se incluye un punto que consiste en que la persona se compromete a respetar las costumbres y valores del país donde llegue -que le acoja es otro tema que no tiene nada que ver con la llegada- y que además aprenda el idioma. Este último elemento, el del idioma, es un punto necesario e importante para la integración plena en la sociedad, pero no imprescindible como lo muestra el artículo que copio a continuación.

Desde donde escribo estás líneas, Catalunya, el debate sobre el uso y cuidado del catalán es pan de cada día. El dictador Franco intentó imponer el Español como única lengua de España, pero al menos en Catalunya fracasó en su intento. Hoy y a un costo, a mi parecer, excesivo tanto desde la perspectiva económica como política, se intenta reforzar y revivir el Catalán como lengua vehicular en Catalunya. De hecho, uno de los partidos que defienden más este idioma me da la impresión que en sus decisiones políticas priman el refuerzo de la cultura catalana y una eventual independencia de España, por encima de las necesidades sociales de quienes componen su cultura.
Este artículo que copio a continuación, creo que puede ser un instrumento de reflexión interesante tanto para quienes llegamos que pensamos que la única manera de integrarnos es mediante el idioma (es muy importante), como para los que defienden el contrato de integración o para los que priman el debate sobre la lengua sobre otras realidades, que a mi parecer, son más urgentes e importantes.

***

Cuarenta Años sin Hablar Alemán
Por Rosa Montero
Aparecido en El País el 15/06/08

La velocidad a la que los humanos olvidamos nuestro pasado es desde luego asombrosa. Recibo dos álbumes, dos libros con el lomo cosido con espirales metálicas, confeccionados por la asociación Arco Iris de Basilea (Suiza). Se trata de una asociación de emigrantes españoles jubilados, es decir, de personas que decidieron quedarse en su segundo país y no volver. Los libros son unos trabajos primorosos y fascinantes. Uno se titula Tal como somos, y es una sólida encuesta sociológica hecha por ellos mismos sobre los residentes españoles de la zona mayores de sesenta años (en total, según sus cuentas, hay 336). El otro trabajo, titulado Tal como éramos: españoles en Basilea 1957-1980, cuenta lo que fue la emigración a través de testimonios personales y de un montón de fotos antiguas y maravillosas, retratos de bodas y bautizos, de fiestas con bailes regionales, del primer televisor comprado con esfuerzo, de la modernidad y el desahogo económico duramente alcanzados.

Y leo los libros y me quedo pasmada. Todo suena tan cercano, tan semejante a lo que ahora estamos viviendo desde el otro lado. Sí, desde luego, siempre que hoy se habla de la inmigración, hay alguien que, con sensatez, intenta recordarnos que fuimos un país de emigrantes hasta ayer mismo. Pero una cosa es decirlo y otra cosa verlo, leer sus testimonios, ver sus caras. En apenas una docena de años, desde finales de los cincuenta hasta principios de los setenta, más de dos millones de españoles salieron del país como emigrantes. Fuimos los ecuatorianos, los rumanos, los subsaharianos de la época. Dice uno de los jubilados de Basilea: “Muchos de nosotros llegábamos como ilegales y teníamos que esperar en una pensión de Saint Louis hasta que encontrábamos un puesto”. Y otro explica: “Yo pasé la frontera de clandestino. Recuerdo que un amigo mío que conocía bien el camino a través del bosque vino a buscarme y me colocó una mochila y unas botas dos números más grandes que me hicieron unas ampollas grandísimas. Así, disfrazados de excursionistas, nos pusimos a andar. Yo creí que me moría de miedo cuando nos cruzamos con un guardia de frontera, pero mi amigo le saludó muy efusivamente con un ‘grüezzi’ y no nos pidió ningún papel…”.

La encuesta señala que la edad media de los jubilados españoles en Basilea es de 69 años. Dos tercios de la población vive de manera desahogada, pero el 30% está al límite o con problemas para llegar a fin de mes, y la mayoría de este grupo son mujeres, por la mayor precariedad laboral en la que se desenvolvieron durante su vida activa. Todos ellos llegaron a Basilea huyendo de una España retrasada y paupérrima: “Un día me contó mi marido: ‘Ayer estuve en casa de Antonio. Oye, tiene que ser muy rico, porque éramos doce y nos tocó silla a todos…”, dice una jubilada. Y otro emigrante explica con agudeza: “Descubrí que los suizos eran distintos cuando me di cuenta de que compraban dos periódicos diferentes del mismo día”. Muchas de las geniales fotos del libro parecen anuncios publicitarios de la época, así de orgullosos se les ve enseñando los trofeos conseguidos. Son como cazadores con las piezas de consumo que han abatido: una motocicleta, un tocadiscos, una cocina inmaculadamente blanca y, sobre todo, ese tótem esencial del éxito que era el coche: “El día en que llegué a la frontera entre Francia y España con mi primer Gordini no pude reprimir las lágrimas: me sentía todo un triunfador”.

Estos emigrantes llevan cuarenta años en Suiza y además, ya ven, se han quedado. La mayoría, porque allí tienen a sus hijos y a sus nietos, pero otros, el 19%, porque se sienten “mejor allí” y creen que en España no podrían adaptarse. En realidad han pasado toda su vida en Basilea. Sin embargo, y esto es lo más increíble de la encuesta, la mitad de los hombres y las tres cuartas partes de las mujeres tienen problemas con el alemán. Nunca consiguieron aprenderlo bien, pese al tiempo que llevan. Y lo más conmovedor es que, aun sin saber el idioma, viviendo como viven bastante aislados y sin poder participar en las elecciones, el 74% de ellos se siente “bien integrado” en Suiza. Cuando contemplemos a los inmigrantes actuales como bichos raros porque farfullan mal el idioma, intentemos no olvidarnos de lo que fuimos.

miércoles, mayo 14, 2008

Hay miradas que matan

Desde hace un tiempo tengo una sensación bastante curiosa e interesante: aunque sé que mi color de piel (a mi pesar, cada día más claro) me delata, los colores de mi ropa refuerzan las sospechas que no soy de este lado del océano y que mi acento y expresiones colombianas son imposibles de esconder (cosa que no me interesa, por el contrario las cuido lo más que puedo), desde hace un par de meses tengo la inmensa fortuna que la sensación de ser muy diferente a los demás, es cada vez menos habitual. Incluso algunas veces se me olvida que soy diferente. Pero eso tiene sus inconvenientes. Una cosa es como me siento, y otra como me ven y eso no se me puede olvidar.

Esta sensación de ser diferente, y lo voy descubriendo a medida que escribo estas palabras, la puedo separar en dos partes. En la primera, la diferencia, no me la otorgaban los demás, sencillamente me la autoadjudiqué. Es decir, no me sentía diferente tan solo por el hecho de como me miraban (me miran) en el metro o porque cuando hablaba no entendían mis expresiones colombianas o una extraña sensación de culpabilidad, de constante miedo a equivocarme en las cosas más cotidianas; me sentía diferente porque la mirada que más pesaba -que al final hace parte importantísima la identidad- era la que tenía sobre mi mismo. Me reconocía como diferente y por lo tanto actuaba y me sentía como tal.

No creo equivocarme si digo que la sensación de sentirse observado, de sentir que todo el mundo te mira por el hecho no de ser "aquí", es compartida por gran parte de los que, como yo, empacaron sus ahorros y su poca cordura, para irse a otro país e intentar construir sus sueños. Esa sensación paranoica de sentirse en constante evaluación, como en todos estos casos, tiene una parte de realidad y muchas de invenciones propias. Es como si a falta de un Gran Hermano del exterior que nos esté vigilando y observando, nos dedicamos a observarnos a nosotros mismos con tal de pasar desapercibidos. No queremos pasar la vergüenza de ser detectados, de ser reconocidos como diferentes.

La segunda parte de esta sensación comienza cuando encontramos, aceptamos y reconocemos cual es la posición que jugamos en nuestro entorno. Es una etapa en la que por un extraño e inconsciente proceso, la mirada que antes se centraba en nuestras acciones y omisiones, comienza a centrarse en el entorno. El centro se había desplazado.

Pero como lo decía al comienzo de esta entrada, esta sensación de reconocerme como "diferente" es cada vez menos habitual. Sin embargo pequeños detalles, pequeñas miradas me hacen recordar que no solo somos como nos vemos, somos también como nos ven los demás, y en ese sentido, siempre seremos diferentes para los demás. Mi "descubrimiento" fue por algo insignificante, y que ocurrió, en gran parte, por el hecho que hay días que se me olvida que soy y me ven diferente: una mañana de domingo bajé la guardia y, como decimos en Colombia, "dí papaya". La historia es sencilla: Yo intento, si el sueño me lo permite, salir a comprar el pan y el periódico las mañanas de los domingo. Siempre lo hago en la misma panadería y en el mismo quiosco de periódicos. Hace cerca de tres semanas, y por razones que no vienen al caso, quise hacer un teléfono de esos que tienen dos vasos de papel a los extremos unidos por una cuerda. En mi inocencia de olvidarme que me ven diferente, se me ocurrió decirle a la compañera de la persona que me vendió el pan, que si me podía regalar dos de los vasos desechables que utilizan para servir el café y que sé que a ellos les regalan. La mirada que recibí por parte de esta señora fue la misma que hace ya meses "me regalaron" en la estación de Plaça Catalunya y a la cual me referí en otra entrada. Después de múltiples consultas con sus jefes y sentirme como si yo estuviera haciendo lo peor del mundo, la señora me dijo que si quería me tomara un café y que entonces si. Que incluso me podía llevar el vaso del café. No sé que fue más grande, si la rabia de sentirme mal-mirado o la tristeza de haber bajado la guardia. El hecho es que el teléfono que quería hacer ese día, se quedó en planos.

Cuando me pasan ese tipo de cosas, que la mirada del otro me ve "por encima del hombro" y me acusa de ser diferente, es cuando vuelven a mi mente el sentido (no solo el significado) de palabras como identidad, integración, tolerancia, respeto...

Cuando a la mirada del otro se le olvida que aquel que le parece diferente casi siempre ha hecho un esfuerzo de acercarse y limar sus diferencias para generar un espacio de dialogo, es más, ha redefinido su identidad con tal de intentar integrarse. En esos momentos de olvido es cuando no sé que pensar y aquella mirada que me hacía sentir paranoico -mi propia mirada-, vuelve con toda su fuerza acusadora.

Sin embargo, cuando siento esas miradas inquisidoras no puedo evitar pensar esas personas no tienen la culpa; en realidad su mirada, su corta mirada, no da para ver más allá de su propio ombligo.

sábado, marzo 08, 2008

De las palomas y otros bichos

En las plazas de muchas ciudades es posible encontrar con gran frecuencia un elemento que las identifica y que se repite entre ellas. No me refiero a los grandes hitos arquitectónicos que habitualmente rodean estos sitios, ni tampoco a la cantidad de personas que, pensando que es un sitio adecuado para encontrarse, deciden ponerse una cita en el lugar más concurrido de la ciudad -es curiosa esa costumbre pues, ya sea por ser uno de los protagonistas o por estar pendiente de las charlas de mis compañeros de espera, muchas veces escucho conversaciones tipo "donde estás, no te veo"..."pero, yo también estoy ahí..."... "donde exactamente estás, ahhh no... ya te vi. no te muevas". Hoy quiero aprovechar que la primavera está comenzando y hablar sobre las palomas. Pero no hablaré de las palomas de la paz o esas palomas de concurso, sino de las palomas urbanas, de las palomas para los niños y para los turistas (aunque muchas veces los turistas se comporten como niños).

La primera vez que tuve conciencia del, para mí, extraño comportamiento de estos ratones voladores (con el perdón del los colombofilos) fue en el parque Luxemburgo de París donde debido a mi reducido presupuesto, mi comida del día se limitó a un pan con una lata de atún. La verdad que no sé que fue lo que les llamó la atención a las palomas, pero una gran cantidad se me acercó y me entretuvieron un buen rato mientras observaba como se comían las boronas que iban encontrando a mis pies. Todas se peleaban cualquier trocito de comida y casi literalmente se lo arrebataban las unas a las otras. A pesar del constante, y quizás aparente, nerviosismo de estas palomas, estas se volvieron más violentas, cuando llegaron otros pájaros más coloridos, más vivaces y más pequeños. Estos últimos estaban pendientes del trozo de comida que dejaban las palomas para ellos aprovecharlo y alimentarse. Sin embargo, me daba la impresión a las palomas no les gustaba que alguien se comiera lo que ellas ya no querían. Había comida para todos, pero todos se resumía solo a las palomas. Que no viniera alguien más a comerse lo que ellas ya no querían y muchisisisisimo menos si esos "otros" no eran palomas.

El contraste era bastante interesante, por un lado estaban las palomas robustas, con su gorjeo monótono, su movimiento nervioso pero acompasado y todas de una gama de colores bastante similar: diferentes gradaciones del gris, un poco de blanco por aquí y un poco de un verde suave por allá. Mientras que los otros pájaros eran pequeños, de movimientos rápidos, ágiles, ruidosos, que iban a recuperar el trozo de pan que habían dejado las palomas y salir de allí lo más rápido posible, pues de lo contrario vendrían las palomas a atacarlos y recuperar aquello que ya habían desechado. En fin, creo que si están en una plaza y si se fijan en el comportamiento de las palomas y su relación con otros pájaros sabrán de que estoy hablando.

Toda esta seudo-introducción tiene que ver con una sensación muy extraña que tuve en estos días a la salida del metro. En el trayecto que va desde el vagón hasta la superficie, y al cual me referí en una entrada anterior, hay una especie de túnel donde se distorsionan los sonidos y en el cual el ruido de los zapatos tiene un particular tono. No es el tono lúgubre y con gran eco de las películas de suspenso, sino algo diferente algo más "natural", por decirlo de alguna manera. Sin embargo, y a pesar que siempre me había fijado en este efecto, tan solo hace un par de días descubrí la razón por la cual me llamaba tanto la atención. Mientras estaba pensando en el bajo número de choques entre palomas y caras de seres humanos*, de un momento a otro encontré muchas similitudes entre ese ruido matutino y el sonido de palomas que buscan su alimento. Me sentí como una paloma más que va buscando su trozo de pan. Esta sensación se hizo más vivida cuando me fije en los colores de la ropa de las personas que iban subiendo la escalera: diferentes gradaciones del gris, un poco de blanco por aquí y un poco de un verde suave por allá. El punto culminante de esta experiencia llegó justo antes de salir a la superficie: me encontré con un grupo de mujeres latinoamericanas discutían entre risas y gestos rápidos la mejor forma de llegar a las oficinas que tendrían que limpiar durante la mañana.

... y después dicen que el ser humano no se parece a los animales.

***

* La verdad siempre me ha parecido curioso como a pesar de tantas, pero tantas palomas que se pueden concentrar, todavía no he oído el primer caso en el que una persona tenga una herida en la cara a causa de una paloma que sale volando a gran velocidad de cualquier plaza.

martes, febrero 20, 2007

Como comportarnos en público

Pensamos que los pueblos pertenecieron desde siempre a su territorio, y olvidamos que la historia estuvo llena de tribus humanas en continuo movimiento.
La herida en la piel de la diosa – William Ospina

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Cuando yo estaba cursando cuarto o quinto de primaria teníamos una clase que se llamaba "Urbanidad" en la cual se nos enseñaban al lado de matemáticas, geografía o historia las normas mínimas para saber como comportarnos en público. Si, por increíble que suene teníamos una clase para decirnos: “introducir un dedo en la nariz en público (nada decía de lo privado) es de mala educación”, “cuando una persona de edad suba al bus y usted se encuentra sentado, debe ceder el puesto”, o, “se demuestra una muy mala educación cuando llegamos a una casa que no es nuestra y criticamos la decoración o las maneras de comportarse de sus propietarios”.

Hace poco tuve que acordarme de esas clases que recibía en el colegio, y especialmente de la última recomendación. He buscado en internet el libro "La Urbanidad de Carreño" que era la guía para esa clase, pues estoy interesado en saber que dice sobre cuando deja uno de ser visitante, y se convierte en habitante de la casa. Me explico. En una cena a la cual asistimos personas de Latinoamérica y Europa, me encontré en una situación en la cual me sentí como si hubiera olvidado esa premisa aprendida desde la primaria: si soy visitante no puedo comentarios negativos sobre las costumbres de quien me acoge. El hecho desencadenante de esta reflexión fue un comentario que hice sobre la cantidad de personas que fuman en España*, pues desde mi punto de vista es un número muy elevado y que dependiendo del sitio, me resulta incomodo y prefiero no entrar. Esta sensación es compartida por el 18% de españoles que dicen sentirse "molestos muy a menudo" con el humo de los cigarrillos. Mi comentario generó una lluvia de comentarios dentro del más estricto cumplimiento de las normas de Carreño, es decir con mucho respecto, y que giraban en torno a dos elementos principales: (i) al no ser de aquí debía aceptar, respetar y entender sus costumbres, (ii) y que mi derecho cuestionarlas no era igual al que puede tener un "nativo" -esto último más que un tema, era una sensación, o quizas una paranoia personal. Es decir, el tema de lo molesto que resulta para mi entrar a un sitio a cenar y salir oliendo a cigarrillo, era secundario. El centro de la discusión era mi posición crítica sobre eso que aquí se ve tan habitual.

No puedo negar que al finalizar la cena, que por cierto, era un restaurante lleno de humo de cigarrillo, me sentí como un grosero que no sabe respetar a quien le acoge y un desagradecido con todo lo que me ha dado este continente, y de la mejor manera que pude, maticé mi comentario. Sin embargo, después de hacer una larga reflexión sobre la validez de los comentarios que escuché, no puedo hacer otra cosa que, ahora sí, criticar la distinción que se hace entre visitante y habitante. De nuevo, me vuelvo a explicar. Una persona que lleva más de una sexta parte de su vida en un país, paga los impuestos, trabaja, lee y habla la lengua de la sociedad que lo acoge y conoce su cultura e historia, se le puede decir que está de paso, que es un visitante? Yo no creo. Considero que se le debe -no "se le puede"- considerar como un habitante con lo positivo y negativo que eso representa, con el deber de pagar impuestos, pero con el derecho de disfrutarlos, con el deber de aceptar las costumbres de quien lo acoge, pero con el derecho de opinar sobre esas mismas costumbres.

En los edificios privados y en algunos públicos, en la entrada los encargados de seguridad se encargan de entregar un autoadhesivo a las personas que no trabajan en el edificio que dice "visitante". Dependiendo del color del autoadhesivo tienes derecho a estar en una u otra planta. La preocupación que está detrás de estas reflexiones es el temor a que por mucho que me integre o me mimetice en esta sociedad, estos esfuerzos no sean suficientes para tener el derecho a cambiar el autoadhesivo por uno que diga “habitante”, o mejor… quitarme cualquier etiqueta que se me ponga desde el exterior, y tan solo ponerme aquellas que yo escojo y decido (pero en esto último no me hago ninguna ilusión, ni aquí ni en ningún lugar).


Una mirada perdida al respecto de todo esto:

En Estados Unidos el exalcalde de Nueva York es nieto de inmigrantes italianos, y un senador es hijo de una pareja conformada por un keniano y una estadounidense (seguramente hija de inmigrantes). Los dos son pre-candidatos a la presidencia. Algún día pasará lo mismo acá en Europa?... un hijo de turcos candidato a la presidencia de Alemania, un marroquí candidato a la alcaldía de Madrid... o lo máximo, un candidato negro, chino o latinoamericano a la alcaldía de Paris, Londres, Roma… como digo al comienzo… son tan solo miradas perdidas.



*Según estadísticas oficiales España es en conjunto con Italia y Japón, los países que a nivel mundial donde más cigarrillos se fuman por habitante.

lunes, octubre 09, 2006

No por ser paranóico...

Hace un par de meses intenté donar sangre. Un deber cívico que conjuntamente con el voto era de mi mis intenciones recién tuviera la mayoría de edad. He donado sangre varias veces tanto en Colombia como en España, sin ningún inconveniente. Sin embargo en esta ocasión no pude hacerlo. Incluso la donación de sangre tiene cambios cuando se introduce la variable "inmigración".

Aquellas personas que han donado sangre, saben que antes de la donación se tiene que rellenar un cuestionario con todo tipo de preguntas: "usa drogas?", "tiene una pareja sexual estable?", "está embarazada?" y cosas similares. En esta ocasión, después de rellenar este inmenso cuestionario y haberlo entregado a los encargados, me hicieron una última pregunta: "donde naciste?". Lo primero que pensé es que quería proponer un tema de conversación antes de clavar la aguja y el comentario siguiente iba a ser "todos los colombianos llevan el bailar salsa en la sangre" o algo parecido. Por supuesto, que como buen colombiano, le respondí con gran orgullo y una sonrisa en los labios: "en Colombia... porqué?". El encargado, sin asomo de curiosidad me responde: "no puedes donar sangre".

Por supuesto que mi sorpresa fue mayúscula y varias cosas se me pasaron por la mente. Me decía, entre otras cosas: "pero si yo no soy una mula y el invento de meterse cocaína por la nariz no es nuestro", "lo que faltaba, mi sangre no es tan buena o pura como la de los europeos" o "una prueba más del racismo creciente de Europa". En fin, muchas cosas se me pasaron por la cabeza, incluso consideré en levantarme de la mesa e irme indignado ante esa evidente prueba de discriminación. Sin embargo tomé aire, y me acorde de una frase que le oí a un amigo cuando se enfrentaba ante estos dilemas: "el que uno sea paranoico no garantiza que lo estén persiguiendo". Así que pregunté, sin ninguna sonrisa en los labios y con la mayor calma posible, la razón de esta discriminación. La respuesta fue contundente: "Un nuevo protocolo nos exige que para evitar la aparición de nuevos casos en España, y ahora es necesario hacer la prueba de chagas a todas las personas nacidas de México para abajo, pero eso te lo diremos en un par de meses, cuando completemos un paquete de 100 muestras". Al final me deje tomar la muestra para hacerme la prueba y hace una semana me llegó el certificado que no soy portador.

El camino que tomamos muchos de los que inmigramos y nos enfrentamos a situaciones como la anterior, es decir cuando por nuestro origen nos dan un trato diferente, es culpar a la ignorancia que tiene la sociedad frente a lo que le es extraño. Es evidente que los inmigrantes muchas veces cargamos con el miedo de la sociedad que nos recibe ante lo que es diferente, y aunque muchas veces ese miedo e ignorancia es una realidad, en otras somos nosotros los que pecamos al hacer una lectura rápida de los hechos.

La inmigración en un país como España, que hasta hace poco fue de emigrantes, es un fenómeno reciente y ni los medios ni los políticos saben como enfrentarse a esa nueva situación, y muchas veces como reacción actúan con miedo y recelo. No estoy justificando la discriminación, por el contrario, yo he tenido que padecer a situaciones en las cuales por mi color de piel o aspecto, el trato es abiertamente diferencial, y por lo tanto conozco en carne propia lo que significa esa discriminación. Sin embargo mi autocrítica es en el sentido de la facilidad con que le echamos la culpa al otro, cayendo de esta manera en un círculo vicioso del cual es muy difícil salir.

Este miedo a lo diferente lo encontramos en todas partes y en todos los países. En Colombia, y guardando las inmensas proporciones que existen, cuantas veces hemos preferido desviar nuestro recorrido, unos metros o unas cuadras, al ver un grupo de desplazados por la violencia que vende chucherias en nuestras calles?. Hasta hace muy poco Colombia era un país eminentemente rural pero, a pesar de eso, le tenemos miedo al que viene a la ciudad buscando un [supuesto] mejor futuro. Si en nuestro país, le tenemos miedo al que viene de unos cuantos centenares de kilómetros, que decir de estos países que tienen que aprender a vivir con los que venimos de miles de kilómetros?.
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