miércoles, marzo 11, 2009

Unas miradas perdidas por Barcelona

En una entrada anterior hablaba sobre cómo la sub-ciudad -aquella que recorremos muchas personas mientras vamos metidos dentro del metro- se va transformando en la medida que avanza el recorrido. Hoy quiero referirme al trayecto inverso y contar a golpe de imágenes y reflexiones posiblemente inconexas, las miradas perdidas que me inspira este trozo de ciudad.

Justo a la salida de mi oficina hay un edificio cuya fachada es de un tipo de vidrio que durante el día evita que se vea hacia el interior pero cuando comienza a oscurecer -las horas en las cuales supuestamente la gente deja de trabajar- y se encienden las luces de cada cubículo, se pierde totalmente la privacidad y se pueden ver los gestos de las personas o las reuniones que se estén haciendo en el momento. Cuando por las noches paso frente a este edificio, me gusta imaginarlo como un panal -tanto por sus cubículos de color miel como por su forma geométrica- que durante el día está cerrado y por la noche, como un Gran Hermano, se puede ver sin restricción qué es lo que pasa en su interior.

Llego a la esquina y busco la parada del Bicing, un sistema de alquiler de bicicletas que en el papel es ideal para una ciudad como Barcelona, pero en mi realidad una oportunidad perdida. Llevo cerca de cuatro meses sin poder acceder a este servicio pues las estaciones siempre están vacías. Lo cual puede ser prueba de su éxito o demostración de la falta de previsión. Todo depende.

Como no me hago ilusiones en esperar que llegue una bicicleta, sigo caminando y paso por un parque muy grande. Pienso en la fortuna que tienen los niños que rodean este parque, pues en el medio de Barcelona contar con un espacio como este, es un privilegio. Sin embargo, mientras pienso en esto, me encuentro con un cartel que dice que ahí está prohibido jugar con el balón, utilizar bicicletas o caminar sobre el prado. Parece que estuviera prohibido todo lo que hace un niño y me da miedo pensar que con tantas normas estamos creando pequeños buenos ciudadanos antes que sencillamente niños, ni más ni menos, niños.

En la esquina de este parque hay un quiosco de revistas y hago mi correspondiente parada para "desinformarme" leyendo únicamente los titulares de prensa. Leo que Henry, el famoso jugador francés del Barça, ha dicho que "Cataluña no es España y eso hay que sentirlo" y entiendo la alegría de aquellas personas que han tomado como su consigna de lucha política esta diferencia: un extranjero famoso había entendido su posición. Me alegro por ellos. Pero no puedo dejar de preguntarme si acaso no hubiera dicho lo mismo de otra región donde, por razones principalmente económicas, estuviera jugando. Creo que todos los sitios son tan radicalmente distintos a los otros, que para poder conocerlos hay que sentirlos, y viceversa. A veces me da la impresión que para algunas personas ser catalán es únicamente ser hincha del Barça, querer la independencia de Catalunya y tener como única lengua materna el catalán. Sin embargo, cada vez estoy más convencido que esa es tan solo una forma de ser catalán y, posiblemente, una forma que deja de lado muchas otras cosas que pueden ser igual de valiosas o incluso mucho más.

Al lado del titular de prensa de Henry, leo en grandes letras amarillas en fondo rojo que no-se-quien le pidió a su hijo que se hiciera pruebas de paternidad, pues cree que el hijo de su nuera, es decir, su propio nieto, no es suyo. En otra revista veo que la pareja ya se hizo las pruebas y que sí, que el hijo sí es de él; fin de la historia: abuela e hijo feliz, madre ex-sospechosa. Al lado de estas dos noticias me entero, por enésima vez, que uno de los miembros del gobierno catalán está en desacuerdo con los otros dos (el actual gobierno está conformado por una coalición de tres partidos: un independentista, un ecologista y un socialista). Quizás este sea uno de esos casos donde la democracia y la tolerancia no significan gobernar conjuntamente con partidos diferentes, sino sencillamente, como partidos muy diferentes intentan conservar su cuota de poder a toda costa.

En fin, dejo el quiosco de revistas y me encamino hacia la calle más curiosa de mi recorrido: en la esquina hay una agencia inmobiliaria especializada en viviendas de lujo, luego un restaurante italiano y una tienda de ropa de deportes extremos y después, un prostíbulo. Sí, así como si nada, aparece un prostíbulo en el medio de un barrio residencial y conviviendo con comercios de todo tipo. Nada que ver con esas zonas degradadas de la ciudad con las que siempre he asociado esta actividad. Pero no es la excepción, en un trayecto de unos 80 metros hay dos prostíbulos "normales", uno de diseño y otro para homosexuales, en total cuatro prostíbulos que conviven con almacenes de "toda la vida" y casas de familias comunes y corrientes. Estos locales, los prostíbulos, están tan integrados dentro de la red comercial y residencial, que más de una vez he visto cómo del restaurante chino que hay en la misma calle sale un grupo de prostitutas para seguir su horario laboral al mismo tiempo que algunos hijos traen a sus padres a una residencia para ancianos que queda puerta con puerta con uno de estos locales, o mientras llegan del colegio los niños acompañados de su niñera. Esta diversidad me ha permitido caminar algunos metros con algunas de las trabajadoras de estos sitios; escuchar indiscretamente sus conversaciones e incluso oler los perfumes que utilizan.

Justo después de esta zona residencial-comercial, hay una gran calle donde hay muchas oficinas y donde pululan los Audi, Mercedes y Porsche último modelo. Aunque no soy muy aficionado a este tema, sí me causa curiosidad ver el interior de estos coches. Siempre ves cosas curiosas: el diseño del tablero, la cantidad de botones que tiene ahora el manubrio o el tamaño de las sillas. Una día, a eso de las 4 de la tarde vi que dentro de un Peugeot último modelo había dos hombres muy bien vestidos hablando y, por sus gestos, mostrando el uno al otro algo que tenían en las manos. Al pasar junto a ellos y fijarme en sus manos vi cómo, en un gesto rápido y absolutamente desesperado, uno de ellos, el que iba mejor vestido, hacía desaparecer bajo su nariz dos líneas de un polvo blanco que tenía muy bien alineadas sobre su iPod. No comments.

De este punto a la parada de mi autobús, todo es menos extraño, o al menos después de siete años así me lo parece: las calles están limpias y en su gran mayoría adaptadas para las personas ciegas, discapacitadas e indirectamente, para los padres que van con sus cochecitos de bebé por los andenes; la gente respeta el paso de cebra y los coches los semáforos; en la parada del autobús, y aunque no haya ningún bus, todos hacemos cola esperando que llegue, sin tener que preocuparnos por si alguien nos viene a robar.

Mientras espero pacientemente el bus que sale a la hora prevista, me alegra saber que estoy en una ciudad que por su tamaño y diversidad parece estar hecha para ser caminada y por su diversidad, para ser disfrutada.

jueves, enero 29, 2009

Buscando neuronas

Ahora esta de moda hablar de integración, inmigración, multiculturalidad, interculturalidad... y todas esas palabras con tantas silabas, que parece que nunca se fueran a acabar de pronunciar. Quizás por estar tan de moda esos términos tan abstractos y difíciles de concretar, afloran sentimientos igualmente complejos que apelan no a la razón, sino a elementos que tienen que ver más con nuestra identidad, y, por lo tanto, más viscerales: patria, nación, cultura, Dios... De todos ellos diría que podríamos tener alguna idea de lo que significan para nosotros, pero seguramente si la comparamos con la del vecino serán tan diferentes que alguna discusión -no siempre agradable- aflorará: cual es mi cultura, como defino mi identidad, donde acaba mi nación y que considero mi patria. Todos tenemos alguna idea de lo que eso nos significa, pero resultaría difícil de describirlas en su totalidad, pues en este tema como en ningún otro, el total es mucho más que la suma de sus partes.

Sobre la complejidad de definir nuestra identidad, hace poco me encontré una discusión en internet sobre el impacto social/cultural que tiene y tendrá que el 27% de los niños nacidos durante el 2008 en Catalunya al menos uno de sus progenitores es inmigrante. Como es de esperar, en una sociedad - y no me refiero solo a la catalana- donde la inmigración en los últimos 5 años haya sido calificada como una de las principales preocupaciones, este tema haya hecho aflorar opiniones para todos los gustos. Desde los radicales que pedían expulsión para los inmigrantes por el hecho de no haber nacido en esta tierra, hasta los que se alegraban de saber la mezcla de razas y culturas que se estaban dando. Entre todos los comentarios hubo uno que me llamó la atención puesto que no recuerdo haberla oído antes como argumento para defender lo “tuyo”. El comentarista venía a decir que lo primero es cubrir las necesidades de vivienda, salud y educación a los de la misma “sangre”*.

Supongo (y espero!) que la idea de "sangre" a la se referia este comentarista es que primero hay que atender a los “tuyos” -entendido en un sentido de familia y amistades- y después a los que acaban de llegar. Ante lo cual me reafirmo en la teoría en que el ser humano cuando se enfrenta a sus temores apela al dicho de “todos somos iguales, pero unos más iguales que otros”. Pero no quiero hablar de eso, pues considero que es una reacción natural y desafortunadamente habitual. Prefiero hablar sobre aquello que me da miedo: imaginarme que a lo que se refería este anónimo comentarista era que los derechos sociales se adquieren únicamente mediante herencia de sangre. Lo digo, pues repasando un poco los foros de internet donde se debaten estos temas, me doy cuenta que este, el de la sangre, es cada vez más frecuente.

Pensar que aunque cumpla mis deberes como ciudadano (trabajo, impuestos, espíritu cívico...) no se me otorgan todos los derechos que eso conlleva y sencillamente es un peaje para llegar a ninguna parte, me da miedo.

Me da miedo pensar que cuando leo que algunas personas piensan que "primero la sangre", se refieren al sentido estricto de obtener esos derechos por medio de una azarosa mezcla de cromosomas. Me da miedo pensar en los hijos de los hijos de inmigrantes que, como es mi caso, son fruto de una mezcla infinita de sangres de diversos orígenes, culturas y razas. En mi confluyen la sangre de mis antepasados negros, indios, españoles, libaneses... Algo me dice que para las personas que piensan de ese modo, esta mezcla de sangres me inhabilita para, que al mismo tiempo que cumplo con mis deberes, ser beneficiario inmediato de los mismos derechos que una persona con la "sangre pura".

Puede que esté condicionado por los medios de comunicación, pero no puedo evitar relacionar a las personas que piensan de esa manera con aquellos "personajes" que creen tener la sangre pura y van por la calle con la cabeza rapada, mirada desafiante y ropas oscuras. Quizás esté condicionado, pero también puede ser que mi instinto de conservación me esté diciendo que el gesto agresivo de esos "personajes", es sencillamente un acto de desesperación mientras buscan sus neuronas. Por eso es que cuando los veo buscando sus neuronas en la mirada de los demás, siento más miedo pues pienso que van a buscar sus neuronas, como si fueran monedas, en mi propia humanidad.

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*He intentado buscar este comentario y que fue el que inspiró esta entrada, pero no lo encuentro.

miércoles, enero 14, 2009

Sobre las fiestas navideñas y la inmigración

Vivir fuera de donde has crecido y del entorno que ha configurado la forma en que enfrentas y observas al mundo, es una experiencia que con el tiempo es mucho más enriquecedora que dolorosa. En la mayoría de veces, la tristeza de los primeros meses o años por estar lejos de los "tuyos" parece no compensar la experiencia de vivir en otra cultura y ver el mundo desde otro punto de vista. Con el tiempo te vas dando cuenta que lentamente personas que considerabas como "otras" se han convertido en parte de los "tuyos"; además, en el plano personal, sin saber muy bien porqué, comienzas a sentirte menos extraño, e incluso, más adaptado a la nueva cultura. Ahí es cuando el hecho de vivir a kilómetros de tu nido, comienza lentamente a cambiar de signo. De la tristeza de la distancia, pasas a la riqueza que significa ver tu país, a los "tuyos" y a ti mismo con cierta distancia. A tu identidad le has sumado una nueva categoría: la de inmigrante.

Para los que emigramos buscando una nueva vida o persiguiendo sueños, hay fechas especiales que van más allá de lo estrictamente aprendido en tu infancia. Son una especie de rituales por medio de los cuales volvemos a nuestras raíces para reafirmar nuestra identidad a pesar de la distancia y del tiempo.

En estas fechas, al menos para la gran mayoría de latinoamericanos que conozco, nos gusta revivir las fiestas navideñas que vivíamos en nuestros países de origen: queremos rezar la novena -así se sea poco o muy creyente-, cantar villancicos, esperar que llegue el niño Dios. Una semana después, estamos esperando el año nuevo escuchando la radio a todo volumen esperando cantar "faltan cinco pa' las doce y el año se va a acabar", para después en medio abrazos y agüeros, desearnos un feliz año, mientras por la puerta entran y salen vecinos, amigos cercanos y lejanos e incluso muchos desconocidos deseando en diferentes tonos de voz y de embriaguez, el feliz año. Así es como recuerdo mis fiestas navideñas en Colombia.

Como es de imaginar, estas ruidosas costumbres pueden resultar agresivas para quien nunca las ha vivido y para quien su forma de celebrar el año nuevo, por ejemplo, es en torno a las campanadas que transmite el televisor y no en torno a un equipo de sonido, para luego seguir la fiesta en la mesa y no en la pista de baile. Dos costumbres tan diferentes que para mí me resultan imposible compararlas, sería como comparar el sol y la luna, pueden tener muchas cosas en común, pero son tan diferentes que uno no puede ponerlas en el mismo saco.

Es por lo anterior que creo que resulta complicado decirle a un inmigrante que lleva todo el año aprendiendo una nueva lengua, intentando transformar sus costumbres, tradiciones y creencias, que en estas fechas, cuando más necesidad tiene de reafirmar su identidad, decirle que no celebre estas fiestas pues son molestas según el patrón cultural de la tierra que lo acoge. Pero mucho cuidado, no estoy diciendo que se en aras de la integración y la tolerancia se le deba permitir todo al inmigrante con el fin que conserve su identidad. Por el contrario, también me hago el reclamo como inmigrante de entender esta diferencia. Es decir, por un lado reclamo al "nativo" intentar evitar que el inmigrante elimine sus tradiciones y rituales sin primero hacer un esfuerzo por comprenderlas, y, por el otro lado, me exijo como inmigrante a entender que Joe Arroyo a todo volumen entre las 3 y 5 de la mañana -por poner el ejemplo más simple- no siempre significa alegría, sino que también puede representar insomnio para los vecinos que no están acostumbrados.

En este juego de aprender a vivir juntos, creo que puede resultar práctico lo que alguna vez escuché en relación a lo complicado que puede resultar la convivencia: "nunca se le olvide que uno se casa con los defectos de la pareja, pues con sus cualidades, cualquiera se casaría". Lo que en últimas quiero decir es que en este proceso de integración no podemos pretender que lo único que veamos y toleremos, sean las cualidades del otro (la mano de obra, la sanidad gratuita...), sino que entendamos que esto es un matrimonio (inesperado, pero necesario para las dos partes) entre los nativos y los llegados y no es es una aventura de verano. Es un matrimonio para muchos años y si no queremos vernos la cara cada dos por tres delante de un juez para que nos enseñe a vivir juntos, debemos aprender a caminar con los zapatos del otro.

martes, enero 06, 2009

Gestos olvidados

Usted lleva alzado a su hijo recién nacido. Después de mucho esperar llega el autobús que lo debe llevar a la casa. Mientras se sube, los pasajeros lo miran con esa mirada de solidaridad y ternura que despiertan los bebes. Mientras ellos lo miran, usted con la mirada busca asiento -los brazos los tiene cansados y tiene miedo de caerse- pero no encuentra a primera vista. Decide quedarse de pie a un lado del pasillo para así molestar menos e ir más seguro. Un pasajero al ver la cara del niño durmiendo y su cara de cierto cansancio, decide preguntarle a la señora que va sentada en la silla destinada para estos casos, si se puede parar para dejarlo sentar. La señora en cuestión, de unos cincuenta años, tiene mucho cuidado con su vestir: lleva unos tacones altos -a mi parecer más de lo recomendable- que combinan perfectamente con su pantalón y las gafas. Se le ve un poco cansada y se puede entender, pues a sus pies lleva las compras de ropa de diseño que ha hecho durante el día. Cuando el pasajero le pregunta si le puede ceder el puesto para que usted se siente con su bebe y pueda descansar, pero sobretodo, para ir más seguro, la señora con la voz necesaria para que todo el bus la pueda escuchar le dice que "No. Estoy cansada y no quiero pararme. Si quiere deme el niño y yo lo llevo, pero no me paro". El silencio se apodera del bus y ante la pregunta de porqué lo hace, ella, en un gesto consciente y casi ensayado, da un argumento que hizo que el silencio fuera más grande "pues como se le ocurre que me pare, acaso cuando se suben niños me ceden el puesto?"... "es decir, que usted no lo hace -replica el pasajero- porque los niños no lo hacen?"... "¡Si, y qué!".

Ante esta respuesta, el silencio desaparece y todos los que oyeron las razones de la señora, no hacen más que recriminarla. Ella, inmutable, mira por la ventana. El tipo de comentarios y el tono fue variado. Como usted va cansado y teme que el bullicio despierte a su hijo, hace lo mismo que la señora, guarda silencio y mira por la ventana. Pero no puede evitar ver las miradas de los demás. Cuando lo miran a usted, siente la solidaridad y la incomprensión ante los argumentos de la señora. En cambio, cuando la miran a ella, ve claramente las miradas de reprobación ante su actitud, incluso, casi de desprecio. Las miradas, como un péndulo, lo miran a usted y la miran a ella. Eso si, en todo este intercambio de miradas, usted sigue de pie, el niño está a punto de despertarse y las personas que están cómodamente sentadas frente a usted, no dejan de comentar entre ellas lo que acaba de ver, e incluso le dejan saber a usted, con sus miradas y con un leve movimiento de la cabeza, "es el colmo que esto ocurra".

Mientras pasa todo esto, el autobús ha seguido su recorrido. Usted llega a su parada sin haberse sentado y con el niño entre dormido y despierto. Se baja con el corazón lleno de miradas solidarias ante su situación y con las piernas cansadas de estar de pie. La gente que estaba sentada, sigue su recorrido sin dejar de mirarlo y expresar su solidaridad por lo que acaban de vivir. Usted siente que la solidaridad es sincera, que están con usted y reprueban la actitud de la señora, sin embargo, como muchas veces ocurre, lo que usted necesitaba no era la solidaridad de miradas, usted necesitaba algo mucho más sencillo. Una silla para ir más seguro.

Al llegar a la casa, piensa que quizás la sinceridad de la señora que se negó a pararse es mucho más transparente que las miradas de las demás personas. Y te asustas. La respetas por su sinceridad, e incluso puedes admirarla por expresar su opinión tan abiertamente, pero no quieres ser como ella.

martes, diciembre 23, 2008

De la oposición política en Colombia (y otros males)

Esta entrada está escrita a cuatro manos y en dos tiempos: dos manos de un muy querido amigo que vive en Colombia y otras dos de quien desde la distancia lo único que puedo hacer, es ver lo que pasa en Colombia. Los dos tiempos se refieren a que la primera parte fue escrita hace un mes, la segunda esta semana.

Gracias por su compañía

omchamat

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Colombia es un país sui generis, todos los días se repiten los mismos hechos dramáticos y según las encuestas y los medios, el apoyo al gobierno y su gestión sigue siendo solida, como lo ha sido desde el primer período presidencial. Esto sería razonable si cada uno de estos hechos no fuera lo suficientemente grave como para que cualquier gobierno de cualquier país que fuera medianamente serio, entrara en crisis por esas mismas situaciones.

Durante el último año el gobierno actual ha enfrentado múltiples conflictos no relacionados con temas exclusivamente económicos, sociales o laborales: la legitimidad del presidente ha sido puesta en entredicho por un delito de cohecho en el cual están implicados dos ministros, sus asesores más cercanos y donde el máximo tribunal de justicia ya condenó a la receptora del soborno; el hermano del Ministro del Interior y Justicia está en la cárcel por complicidad con el narcoparamilitarismo; el ejército nacional –responsables que en este momento la guerra contra las guerrillas se esté ganando- en crisis por asesinato de inocentes fuera de combate… el listado, desafortunadamente, puede ser más largo.

En una verdadera democracia, esta mención no exhaustiva de eventos sería el perfecto caldo de cultivo para que nazca o se fortalezca un pensamiento y modo de actuar en que se oponga a la forma de gestionar esas pequeñas, pero constantes, crisis. Sin embargo solo nos encontramos con que los supuestamente mejores prospectos políticos de la oposición no están creando un proyecto político sólido, sino que están a la espera de que el mandatario actual ordene a sus correligionarios reformar la constitución para prolongar su mandato por 4 o más años, en cuyo caso aplazarían sus aspiraciones hasta que el “mesías” considere que cumplió su misión.

Tristemente, los partidos políticos que antaño mal que bien se disputaban el manejo del estado, renunciaron a su función natural de crear alternativas e imaginar y proponer nuevos escenarios, para dedicarse a llenar sus bolsillos con las dádivas que el ejecutivo reparte según sus personales intereses. Mientras esto ocurre con los “políticos tradicionales”, la incipiente "izquierda" se une con el "centro" buscando, infructuosamente, cohesionar un modelo alternativo de gobierno. En últimas, todo parece indicar que la política está en tan mal estado que todo aquel que llega al escenario político se contagia de una lucha fratricida por el poder: del partido, del país, del ministerio, de lo que sea. Sin embargo, y a pesar de la pérdida de espacio de los partidos tradicionales y el desaprovechamiento histórico de una inmadura oposición, los ciudadanos del común creyendo que el país y sus desgracias han tocado fondo seguimos impávidos mirando el horizonte.

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Un mes después de haber escrito las anteriores reflexiones, aparece un horizonte donde el congreso aprueba en medio de niveles de alicoramiento propios de un festín navideño, una reforma política cuyo único avance es retroceder en cuanto al castigo que merecen los dirigentes que se aliaron con el narcoparamilitarismo, para así poder conservar sus privilegios; el mismo congreso, con votos de la izquierda, elige un cavernario ultraderechista quemador de libros "inmorales" y que es enemigo declarado de las minorías por su condición religiosa, sexual y política; y, a última hora de la noche, como para culminar el festín democrático, aprueban la posibilidad de prolongar vía referendo un mandato presidencial que quiebra la constitución en la medida que rompe el equilibrio de los poderes y coopta para si los órganos de control.

Sin embargo, no hay que perder la esperanza, pues frente a este panorama, según una de tantas inútiles encuestas, somos uno de los países más felices del mundo.

jueves, diciembre 11, 2008

Los deseos pasan de moda

Hace unas semanas se celebró el día de "hoy no compro nada". Ese día, "una estampida de consumidores ávidos por hincarle el diente a las rebajas en el estado de Nueva York asesinó esta mañana a un dependiente de los grandes almacenes Wal-Mart". Este es el mundo.

Saludos y gracias por su compañía.

omch

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Conjugamos verbos y nos ufanamos de nuestro dominio del lenguaje, de nuestras expresiones. Somos capaces de identificar si una conjugación es en presente simple o en pretérito pluscuamperfecto. Dominamos los tiempos, especialmente el presente, pero nos olvidamos del resto. Nuestra conjugación pasa de la primera persona del singular a la primera persona del plural. Del Yo al nosotros sin ningún respiro.Lo que pase entre medio, no me importa. El tú, él, vosotros o ellos, es cosa de ellos, de aquellos, de los otros. Mi tiempo preferido, el presente; mi pronombre predilecto, Yo.

Mira lo que compré, quiero esto, necesito aquello, odio esto y aquello, quiero lo mio. Cuantas veces oímos y decimos esas palabras durante el día.

Necesitamos, compramos, queremos, odiamos. En últimas buscamos algo que no sabemos muy bien que es lo que es, y lo que es peor, no sabemos si realmente hemos perdido algo. Sin embargo, insistimos en buscarlo, queremos encontrarlo.

Intento entender por qué lo hacemos, para que tantos deseos, para que tantas búsquedas. Es que acaso vivimos tan insatisfechos con nuestra vida o tan incómodos en nuestra casa que parece que la única respuesta es que compramos y compramos "para vivir más cómodos, son pequeñas satisfacciones de la vida". Y quizás es cierto, es probable que vivamos incómodos en nuestras casas, pues como el síndrome de Diógenes, acumulamos y acumulamos cosas quitándonos espacio para lo que son las casas: para vivir.

Deseamos y deseamos mal. Deseamos aquello que tiene un valor económico, un valor de intercambio, un valor cuantificable. Deseamos aquello que se pueda vender posteriormente o al menos que pueda ser reemplazado por un nuevo deseo.

Los deseos pasan de moda. Hubo un tiempo todos deseamos y envidiamos los teléfonos celulares, hoy en día el llamar es tan solo una parte del deseo de comunicarnos. Vivimos tan solos que algo tan natural -diría, tan animal, que a fin de cuenta es lo que somos- como la comunicación, se volvió un deseo, una necesidad.

Hemos deseado tanto, que ahora vivimos solos y con nuestros deseos. Sin embargo, nuestro instinto de supervivencia nos ha permitido fabricar, vender y comprar aquello que los satisface. Quizás por eso, el verbo de las últimas décadas haya sido "Comprar".

Compramos, compramos y de tanto comprar, nuestras vidas parece que se pusieran en venta a la espera que venga alguien y nos diga cuanto valemos. Cuanto tienes, cuanto vales, me pareció oír tiempo atrás.

Hace algunos meses una persona puso en venta su vida por internet. Lo que ofrecía no era otra cosa que sus pertenencias, o lo que es lo mismo, lo que habían sido sus deseos satisfechos. Desear y comprar. Nuestros verbos preferidos. En su momento esta persona fue vista como un bicho raro, un loco, sin embargo me temo que si no comenzamos a identificar que es lo que realmente deseamos y que es lo que realmente necesitamos, la historia dirá que él fue un visionario, como lo fue en su momento el primero que se atrevió a salir a la calle hablando por un teléfono celular. Realmente no me extrañaría, la historia la escriben los ganadores, y al paso que vamos, quienes van ganando son los que nos dicen lo que debemos desear y nos ofrecen aquello que debemos comprar si no queremos vivir insatisfechos.

lunes, agosto 04, 2008

Si fueran tan brutos...

Esta entrada ha ido y vuelto desde Suramérica. Jose María, un sacerdote español que realiza, entre otros proyectos, campañas para prevenir las enfermedades de transmisión sexual en Perú y que conoce Colombia relativamente bien, envió dos artículos relacionados con la liberación Ingrid Betancourt a una amiga mía española para conocer su opinión. Mi amiga, colaboradora esporádica de este espacio tiene la fortuna de conocer no una, sino dos Colombias. Me explico. Ella en su primera visita a Colombia conoció la realidad de nuestras cárceles dentro de un programa de salud dirigido a las mujeres reclusas y al día siguiente estaba disfrutando de las espectaculares vistas de un conjunto residencial localizado en el medio de uno de los mejores campos de golf del país. Las veces que ha vuelto no ha perdido la costumbre de conocer, visitar y aprender de cada una de esas Colombias tan diferentes. A su regreso, mientras me cuenta las historias de lo que ha visto, no me puedo dejar de preguntar ¿Cuantos de los colombianos tenemos la suerte de conocer esas dos realidades?...

Por ese conocimiento del país creo que su opinión resulta interesante, pues lo hace desde el cariño a una tierra que no es de ella y que la vive intensamente cada vez que la visita -y cuidado, no hablen mal de Colombia delante de ella!.

Los dos links a los que se refiere esta amiga mia son los siguientes: Un artículo de Antonio Caballero en la revista Semana a raíz del operativo de rescate de los secuestrados y una entrada en el blog la verdadera vida de un gerente que se convirtió en un "forward" por internet y que hasta hoy había tenido 180 comentarios!.

Gracias por su compañia.

omchamat

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Hola, Jose María!!

Bueno, muy interesantes los dos escritos que envías. Se lo reenvié a Oscar, para que te de su opinión como colombiano.

Yo te diré que me siento más afín al primer escrito que a la demagógica entrada del blog. Caballero plantea alternativas a la versión oficial, lo que creo necesario y saludable. Cita un comentario de Uribe, en que atribuye el rescate de los rehenes a "la luz del Espíritu Santo y la protección de Nuestro Señor y de la Virgen en todas sus expresiones" y dice que es “un milagro”. Con todos mis respetos hacia la religión, no creo que esas sean las palabras más adecuadas por parte del presidente en una situación como esa. Es decirle al pueblo lo que quiere oír, y me parece poco serio. Yo no sé cuál es la verdad sobre cómo se llegó al rescate pero, como te decía, considero saludable plantear otras opciones. Me parece prepotente que el ministro de defensa diga que el plan era tan audaz que los guerrilleros no podían ni imaginárselo, dando a entender que son brutos, los guerrilleros, esos individuos que llevan años en el monte sin que se haya podido acabar con ellos. No serán tan brutos, aunque sean tan brutales. En fin, me gusta Caballero porque desmitifica "la grandeza" de las instituciones colombianas, que si realmente fueran tan grandes y tan audaces -y además los guerrilleros fueran tan brutos- habrían liberado a TODOS los secuestrados y habrían acabado con esta terrible dinámica de secuestros y extorsiones. Creo que el verdadero milagro sería que se acabara con la polarización extrema de la riqueza, que en el campo no hubiera tanta miseria (debida a que los que allí viven cada vez son menos propietarios de sus tierras y de sus vidas) y que terminara esa situación de miseria y abandono y falta de educación, de las redes familiares y sociales que favorecen a que los niños se vayan al monte a buscar lo que no encuentran en sus hogares. Y que se conviertan, en parte a causa de esto, en secuestradores. Y que el monte y el narcotráfico se conviertan en su modo de vida, porque no tuvieron oportunidad de conocer algo mejor ni fortaleza suficiente para buscarlo.

En fin, los milagros de verdad serían otros, no esta liberación, de la que me alegro profundamente.

Respecto a la entrada en el blog, me parece injusta. Comprendo su rabia, pero el escrito me parece demagógico y simplista. Según su forma de ver las cosas, nadie que viva cómodamente tiene derecho a luchar por un mundo mejor. Ingrid habla de justicia social desde su lujoso apartamento parisino... mientras los soldados de a pié tienen que hacer magia para subsistir ... y comerse una salchicha. Ese discurso, aunque lo comprendo, me parece infantil (más bien adolescente). Según esa norma, no existirían ONGs, ni siquiera algunos sectores de la iglesia, que luchan por un mundo mejor desde su vida llena de comodidades. Según esa idea, yo misma soy una impostora por montar una pequeña ONG, teniendo en cuenta que tengo una vida acomodada y fácil y la nevera llena de salchichas.

Creo que el mundo está mal hecho, pues no es justo que se hable tanto de Ingrid y no se hable tanto de los otros secuestrados, los anónimos, los soldados y policías, la gente de a pie. En esto estoy totalmente de acuerdo con el autor del blog. Pero ya que el mundo está mal planteado, vamos a aprovecharnos de eso y sacar el máximo partido de la situación. Ingrid, injustamente "única" protagonista, tiene la capacidad mediática que no tiene un colombiano de a pie para dar a conocer el problema de Colombia. Y además, por su particular visión de las cosas, tiene la capacidad (y la responsabilidad) de mostrar al mundo lo que pasa en Colombia, que no es sólo lo que el Estado quiere mostrar. No son sólo los secuestros de los demonios de las FARC, son muchas otras cosas, son la corrupción del gobierno, sus vínculos con los paramilitares, son las barbaridades que unos y otros hacen. No sólo un bando, sino los tres bandos, pues el propio ejército ha participado en actos de los que no debería sentirse orgulloso. Como en las Comunidades de Paz, que se declaran neutras y ajenas a guerrilla y paramilitares, pero tampoco quieren la "protección" del ejército ni del estado. Pues los paramilitares y, según los habitantes de las comunidades, también el ejército, están asesinando a sus líderes, gente que se declara en contra de las armas y la violencia. Según Aministía Internacional, hasta el 2007 habían sido asesinadas 160 personas en una sola Comunidad de Paz.

Colombia es complicada, yo alcanzo a comprender sólo un poquitito, Tengo la suerte de verla a través de un colombiano que adora a su país y me ha contagiado ese sentimiento.
No creo que nadie tenga la solución para ese hermoso país, aunque he conocido a un par de excelentes colombianos que me han dado muchas esperanzas al respecto, y a los que me gustaría clonar....(!!)

Pero creo que la solución no pasa sólo por los ejércitos y la seguridad y, desde luego, no pasa por los milagros y la luz del espíritu santo, por mucho que eso consuele al colombiano de a pie.

Quizás sea un atrevimiento opinar sobre Colombia desde mis cómodas Europa y España, que además, comienzan a criminalizar a todos los que no vengan este viejo continente. Diría que, más que viejo continente, Europa comienza a ser anciana (y con Alzheimer!).

Mi vergüenza por ello.

Hortensia Vallverdú

jueves, julio 17, 2008

... y usted que haría?

A raíz de una serie de dudas que me han surgido en los últimos meses por experiencias personales, algunas de las cosas que pasan en la in-creíble Colombia y de un artículo que después de mucho tiempo pude leer, me gustaría proponer una serie de dilemas sobre nuestras decisiones en diferentes circunstancias.

Primer dilema:
Imagínese que usted esta al lado de una vía de tren. En la lejanía se acerca un tren sin control y si nadie hace nada va a matar a 10 personas que se encuentran en la vía. Pero, ohh sorpresa, descubre que la única manera de salvar a esas personas es movimiento de una palanca que desvía la ruta del tren. Pero, ohh sorpresa, en la otra vía hay una persona y que si el tren se desvía, la otra persona muere. El dilema es sencillo: para salvar a 10 personas hay que matar a una. ¿Qué haría usted? Cuando planteo este ejercicio, generalmente la respuesta que obtengo es la misma: vale la pena sacrificar la vida de una persona para salvar la de 10. Aplicando estrictamente la razón, diez menos uno, da nueve vidas que se salvan. ¡Las matemáticas no fallan!

Segundo dilema:
La misma situación anterior. Con la diferencia que en lugar de la palanca, el tren únicamente se puede detener con un acto sencillo: lanzando a las vías a una persona desconocida y que está a su lado. El dilema es sencillo: para salvar a 10 personas se tiene que sacrificar la vida de otra persona, con la diferencia que es usted el que tiene que empujarla. ¿Cuál sería su reacción en esta situación? Las sumas y restas siguen siendo las mismas: sin importar las circunstancias diez menos uno, da nueve. Por lo tanto, utilizando únicamente la razón, la conclusión debería ser la misma que en el ejercicio anterior. Sin embargo, la respuesta que obtengo cuando planteo este dilema, es un poco más ambigua. Los “peros” son más frecuentes y las matemáticas no tan útiles.

Tercer dilema:
Hace unos meses estaba caminando por Barcelona cerca del casco antiguo de la ciudad y donde las calles son estrechas y oscuras. Sin saber la razón giré la cabeza y vi como dos personas están robando a una chica mientras ella habla por teléfono. Los ladrones eran como yo: no tenían rasgos europeos. La chica, por el contrario, parecía ser de esta tierra. Mi primer impulso es evitar el robo, sin embargo, razone y decidí que no quería complicarme la vida. Ellos son dos, ellos se ven corpulentos y ágiles, y comparto con ellos su condición de “diferente”, de “extranjero”, de “sospechoso”. Sin embargo, a pesar de mi razonamiento, intervengo para evitar el robo. Los ladrones al sentirse descubiertos comienzan disimuladamente su huida con la billetera de la chica. Cuando le digo a la víctima lo que le acaba de ocurrir, comenzamos a perseguirlos. Ella iba asustada, y yo preguntándome para que me meto en estos líos. Cuando alcanzamos a los ladrones me dicen en un perfecto francés que no tienen nada. Yo en mi mal francés los contradigo y amenazo con llamar a la policía (por si eso sirviera de algo). La chica está literalmente entre los ladrones y yo. No sé si fue por el susto o por desconocimiento, pero ella no entendía nuestra “conversación”, podríamos estar negociando el botín y ella ni se hubiera enterado. Uno de los ladrones, al darse cuenta que no valía la pena arriesgarse a que viniera la policía, pero sobretodo sabiendo que ya aparecería otra víctima, saca del bolsillo de la chaqueta la billetera y se la entrega a la chica. Ellos se van caminando como si nada hubiera ocurrido. Yo me quedo hablando con la chica y le pregunto si está bien, si todo está en orden. Caminamos juntos unos 100 metros antes de despedirme de ella, sin embargo no escuché una palabra de agradecimiento, que, creo, es lo mínimo que uno puede hacer en esas circunstancias. ¿Ustedes en mi situación que hubieran hecho? ¿si se volviera a presentar esa circunstancia, lo volvería a hacer? Mis razones para actual de esa manera fueron sencillas: un robo es un robo y si se puede evitar o solucionar, hay que hacerlo.

Cuarto dilema:
Saliendo del trabajo, paso frente a un almacén de Zara, uno de los tantos negocios de ropa cuyo propietario es una de las personas más ricas de España. De un momento a otro veo salir corriendo a un señor; que me daba la impresión de ir a coger el bus que llegaba a la parada. Sin embargo a los 5 segundos, sale corriendo un grupo de chicas todas vestidas con la misma ropa. Mi sentido colombiano de estar pendiente de cualquier catástrofe natural me hizo pensar que era un incendio o un terremoto, pero enseguida pude entender que era un robo. Al ver eso, comienzo a rezar para que no la ruta de escape del ladrón no coincida con la mía. Llego a la esquina y, mala suerte la mía, veo que el ladrón viene corriendo hacía mi. Como lo dije en el anterior dilema, un robo es un robo, y si se puede evitar, se evita. Sin embargo, en este caso me preguntaba, mientras el ladrón se acercaba rápidamente, que teniendo en cuenta que Zara pertenece a una inmensa cadena textil que ha triunfado gracias a su injusto sistema de maquilas, valía la pena perseguir al ladrón. A fin de cuentas, estos pequeños robos los pagamos todos cuando compramos una prenda. Afortunadamente el destino intervino y entre los coches salió una persona y le quitó la pequeña bolsa donde traía su botín. El destino me había salvado de evitar un robo. Sin embargo, me pregunto, ¿yo hubiera actuado de la misma manera que en el anterior ejercicio? ¿la providencial persona que le quitó la bolsa al ladrón haría lo mismo si ve que alguien esta comiendo dentro de cualquier supermercado un producto que no ha pagado? ¿un robo siempre será un robo? Al final, el ladrón siguió caminando como si no hubiera pasado nada. Curiosamente yo llevaba la misma ruta así que caminamos juntos un par de calles, él con una tranquilidad que me sorprendió y yo preguntándome que hubiera hecho.

Quinto dilema:
El gobierno de Colombia ofrece una millonaria recompensa por información que conduzca a la captura de uno de los cabecillas de las FARC. Uno de los hombres de confianza de este delincuente decide asesinarlo, según su versión de los hechos, para evitar su propio asesinato y cobrar la recompensa. Así mata dos pájaros de un tiro: salva su vida y queda con dinero. Como no puede entregar el cuerpo del delito, decide cortarle la mano derecha y llevarlo como prueba al gobierno y así cobrar la recompensa -la vida está llena de metáforas, mano derecha en un país que se está derechizando aún más. El gobierno, encargado de dar buen ejemplo, le paga una parte de la recompensa. Claro si no la pagaba quedaba como un mentiroso en su política de pago de recompensas. Sin embargo, ¿al pagar por un asesinato no es acaso cómplice del mismo? ¿pagar con dineros públicos por el asesinato a sangre fría de una persona, así sea un delincuente de esa calaña, es ético? Viendo las últimas acciones de este gobierno, da la impresión que en estos tiempos el fin justifica cualquier medio y que las leyes y acuerdos internacionales muchas veces son el camino largo para lograr la paz. Así que si se pueden tomar atajos, la paz bien lo vale, pero, acaso en los últimos 60 años hemos tomado tantos atajos para evitar el largo camino de la justicia que creo yo, no hemos llegado donde queríamos, sino que ahora estamos perdidos en el medio de la nada.

lunes, junio 23, 2008

Quiero ser europeo

Por estos días este espacio cumple dos años de estar al aire y casualmente coincide con las primeras 20.000 visitas -aunque la única casualidad sea el número dos en cada una de las cifras.

Una de las primeras entradas que aparecieron en este espacio era una que se titula "Quiero ser una vaca", hoy, para seguir con el tema planteado en ese texto, traigo a colación este artículo publicado en El País de España. El título podría ser "Quiero ser un europeo" sin que se pierda continuidad en el tema y sin ninguna intención de buscar el chiste fácil. En ambos casos coincido totalmente con los autores, en el tono en que dicen las cosas y las cosas que dicen.

Gracias por su compañía

omchamat


PD1. En otras entradas relacionadas con este tema -y para aportar otros puntos de vista- he defendido el consumismo, he propuesto una receta para limpiar la conciencia, he descrito la democracia es un espejismo que no se deja atrapar o tal vez lo que pasa es que el mundo no es justo y punto.

PD2. Durante las próximas semanas pre-vacacionales la actualización de este espacio no será tan frecuente como viene siendo... de todas maneras seguiré esperando sus visitas.


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Europa
Enric González 19/06/2008
No aspiro a ser justo, ni siquiera digno. Soy europeo y sólo aspiro a seguir siéndolo. Aspiro a una vida sin sobresaltos. Aspiro a la sanidad gratuita, al subsidio de desempleo, a que mis hijos gocen de la mejor educación posible a un precio simbólico, a una pensión generosa cuando me retire. Aspiro a la máxima seguridad y a unas calles limpias. Aspiro a que el paisaje rural sea hermoso y apacible, y a unos alimentos accesibles y de la máxima calidad. Aspiro a preservar la naturaleza que me rodea.

Ya, ya sé que la política agraria europea, con sus casi 50.000 millones en subsidios anuales, crea un paraíso artificial y frena las importaciones africanas. También sé que aplicamos aranceles sobre los productos más competitivos de los países en desarrollo. Y sé, por supuesto, que de vez en cuando inundamos el mercado mundial con nuestros excedentes alimentarios, y acabamos de arruinar a los países pobres. Pero eso es indispensable para que Europa siga siendo la dulce Europa, con su campiña, su paz social y sus segundas residencias.

Los inmigrantes seguirán llegando, no crean que lo ignoro. Necesitamos bastantes para hacer ciertos trabajos y para aplicar sin grandes conflictos la jornada semanal de 60 horas. Nuestro objetivo ahora, como europeos, consiste en ponerles las cosas difíciles a los clandestinos, o sea, a esos que de momento no necesitamos. Que sepan que Europa, la cumbre de la civilización, sabe ser dura cuando conviene. Que sufran el desprecio, el encierro y la deportación. Que se vayan a otra parte. Resulta desagradable, por supuesto. Pero es indispensable para que Europa siga siendo la dulce Europa, la Europa que amamos.

Me gustó que el Telediario de La Primera, ayer, no concediera rango de portada a la ley contra la inmigración clandestina, aprobada por el Parlamento Europeo. Tenemos la Eurocopa. ¿Para qué crisparnos? No aspiro a ser justo, ni siquiera digno, ya lo he dicho. Soy europeo.

Mientras unos quieren no ver, otros quieren ser vistos

Quien tire la primera piedra quien haya entrado a casas hechas de desechos urbanos (escombros de demoliciones, puertas de vehículos...) y no se haya sorprendido de encontrarse en el medio de la sala-comedor-habitación-cocina-baño (todo es un mismo espacio separado en el mejor de los casos por una cortina pero unido por la mezcla única de todos los olores), un potente equipo de sonido o un televisor de última tecnología. Es casi imposible evitar el reflejo de pensar en el aparente sin-sentido de gastarse el dinero que no tienen, en cosas que, para los que tenemos la comida garantizada, nos parecen superfluas. Es verdad, cuesta de entender el sentido de esos actos. Sin embargo, es un hecho y se puede constatar mirando al otro lado de la barrera que hemos construido para no ver la realidad en que vivimos.

Sin querer encontrarle el sentido a ese sin-sentido, me tropecé con el texto que copio a continuación. Hace parte de un libro que a pesar de tener más de treinta años, en su conjunto sigue tan vigente como la misma pobreza a la cual se refiere manera indirecta. Es un relato hecho por uno de los servidores del emperador de Etiopía Haile Selassie (foto) -conocido por sus súbditos como "el Rey de Reyes, el León de Judá, el Elegido de Dios, el Muy Altísimo Señor, descendiente de Salomón"- a R. Kapuściński y cuyos libros ya he mencionado en anteriores entradas. En este relato se da una posible explicación al sentido de exhibir el dinero en una sociedad donde unos muy pocos tienen casi todo.

La interpretación que hago de este relato, es que en una sociedad tan desigual como en puede ser Etiopía o Colombia, el dinero puede tener dos funciones dependiendo si eres de los pocos que tienen algo, o de los muchos que no tienen nada. Para los primeros, te ayuda a volverte ciego para no ver como viven los otros; para los segundos, el dinero es una forma para hacerte visible, para ser reconocido. Mientras unos quieren no ver, otros quieren ser vistos. Y aunque esto pueda ser cierto cuando se habla de países concretos, si miramos el mundo en su conjunto, esto es perfectamente aplicable para la sociedad global en que nos encontramos inmersos: Los países pobres quieren parecer como ricos consumiendo las cosas que los ricos les venden, y los países ricos construyen barreras físicas y legislativas para no ver a los pobres que viven fuera de sus fronteras.

En fin, ya me estoy desviando del tema. Aquí queda el texto.

Gracias por su compañia

omchamat

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"¿Sabes que significa el dinero en un país pobre? El dinero en un país pobre y el dinero en país rico son dos cosas diferentes. En un país rico, el dinero es un trozo de papel con el cual tu puedes comprar productos en el mercado. Tu eres tan solo un cliente. Incluso un millonario es tan solo un cliente que puede comprar más, pero seguirá siendo un cliente, nada más. ¿y en un país pobre? En un país pobre, el dinero es una maravilla, es una gruesa barrera, deslumbrante y siempre floreciente, que te separa de todo lo demás. A través de esa barrera tu no ves la desagradable pobreza, no sientes el hedor de la miseria y no oyes las voces suplicantes de los otros humanos. Pero al mismo tiempo tu sabes que todo de eso existe, y te sientes orgulloso de tu barrera. Tu tienes dinero; esto significa que tienes alas. Tu eres el ave del paraíso que todo el mundo admira."

"¿Puedes imaginar, por ejemplo, una multitud reunida en Holanda tan solo para ver a un rico Holandés? ¿O en Suecia, o en Australia? Pero en nuestro país, sí. En nuestra tierra, si un príncipe o un conde aparece, la gente corre para verla. También correrán para ver a un millonario, para después decir "he visto un millonario". El dinero transforma tu propio país en un lugar exótico. Todo comenzará a asombrarte: la forma en que vive la gente, las cosas por las que se preocupan, y tu dirás "No, esto es imposible". Y esto es porque tu ya perteneces a otra civilización.(...) Tu comenzarás a volverte sordo y ciego. Te sentirás feliz de estar en tu civilización rodeada de esa barrera, ya que las señales de la otra civilización te seran tan incomprensibles como si hubieran sido enviadas por los habitantes de Venus."

The Emperor: Downfall of an Autocrat. Ryszard Kapuściński. Penguin Classics, 2006. pp. 44-45.